ILÍADA: LOS DOLORES DE LA CÓLERA


Por: Jonathan Fortich

La poesía épica como forma artística responde a unas condiciones históricas que no volverán. Sin embargo, por lo menos desde los filmes italianos de principios del siglo XX, el cine explora la épica y la adapta a sus intereses. La mitología ya es otra; muy lejana de las fuerzas de la naturaleza que pusieron en caracteres cuneiformes los escribas de Mesopotamia o que cantaron los rapsodas griegos. Quizá los mayores alcances se lograron con el western pero este fue más allá de toda épica y creo su propio universo poético dentro del cine. Al llegar la década de los setenta vemos los hombres a caballo retirarse de la pantalla con la luz del crepúsculo sobre sus espaldas. Dan paso a astronaves, armas que disparan mortales líneas de colores, tecnologías para comunicarse y una indumentaria que se sale de la norma mezclando tradiciones olvidadas. Las fantasías de la ciencia-ficción, que por años se vieron como obras de segunda categoría, se preñaron de épica con la crisis de 2008. Las fuerzas de la tecnología se hicieron más complejas y los súper héroes que nacieron en la crisis anterior con magros presupuestos ahora encabezan los ingresos de taquilla.

Charles Meynier. Caliope, musa de la poesía épica

Ya vimos anteriormente que el ejemplo más antiguo que conocemos de la poesía en general y de la épica en particular es el Poema de Gilgamesh. Las hazañas descritas en sus versos circularon por todo Oriente Medio a lo largo de la Antigüedad. Así, el relato sobre aquel rey de Uruk llegó a la península de Anatolia, territorio que corresponde al país que hoy llamamos Turquía. Allí, junto a los ríos Escamandro y Simois existía una ciudad llamada Ilión, también conocida como Troya. De acuerdo a varios estudios es probable que esa ciudad haya sufrido una invasión alrededor del año 1.184 a.n.e. por parte de diversas tribus aqueas provenientes de lo que hoy conocemos como Grecia. Haya ocurrido o no, ya para fines del siglo VIII a.n.e. se habían compuesto dos poemas divididos en veinticuatro cantos, cada uno, llamados Ilíada y Odisea, cuya autoría se atribuía a un poeta llamado Homero. Los problemas relativos a la identificación de este autor se agrupan bajo el título de “la cuestión homérica”.

De acuerdo a Friedrich Engels en Ilíada “(…) aparece ante nosotros la época más floreciente del estado superior de la barbarie.” Ésta, es el “Período en que aparecen la ganadería y la agricultura y se aprende a incrementar la producción de la naturaleza por medio del trabajo humano.”

Máscara de Agamenón

La historia de Ilíada gira en torno a la disputa entre dos jefes aqueos: Aquiles (jefe de los mirmidones) y Agamenón (general de las tropas invasoras); que disputan a causa de Briseida; una esclava de Aquiles que Agamenón reclama para sí tras haber devuelto a Criseida, la hija del sacerdote Crises, secuestrada en una acción anterior. Aquiles, encolerizado, decide retirarse de la campaña militar -que ya suma diez años- y pide a su madre, la diosa Tetis, que ruegue a Zeus protección para los troyanos para que así se entere Agamenón que se ha equivocado al ofenderlo.

Lo siguiente es un combate, y a la hora de describir los horrores de la guerra, Homero (si existió tal persona) no escatimaba en sangre:

“El Filida, insigne por su lanza, llegó cerca y lo hirió
en la cabeza, en la zona de la nuca, con la aguda lanza.
El bronce pasó recto por las muelas y cortó de raíz la lengua.
Se desplomó en el polvo, y sus dientes mordieron el frío bronce.”
Ilíada. Canto V. vv. 72-75

Ante el desastroso resultado del combate, Agamenón accede a enviar una comisión que haga a Aquiles una oferta de desagravio. El hijo de Tetis y Peleo rechaza la oferta porque está cansado de combatir mucho y recibir poco.

Aqueos y troyanos vuelven a enfrentarse. Patroclo, el amigo que más quiere Aquiles, viste sus armas y marcha al combate a apoyar a los aqueos, cuyos principales jefes se encuentran heridos. Héctor, jefe de los troyanos hiere de muerte a Patroclo. Aquiles y los aqueos lloran la muerte de Patroclo. Tetis le obsequia a Aquiles armas nuevas elaboradas por el dios Hefesto. Aquiles entra al combate y causa gran mortandad entre los troyanos. Éstos huyen a la ciudad y Héctor se queda fuera para enfrentar al Pelida. Éste lo mata, amarra el cadáver al carro y lo arrastra por el polvo. La cólera de Aquiles ha llegado a su estado máximo y Príamo, rey de Troya y padre de Héctor, decide ir a la tienda de Aquiles a recuperar el cadáver de su hijo. La cólera de Aquiles encontrará su fin en el dolor de un padre.

Carl Probsthayn. Príamo le ruega a Aquiles por el cuerpo de Héctor

Si en algún momento hemos visto los clásicos de la Antigua Grecia como algo pesado y aburrido es porque vivimos bajo un sistema que distancia a los trabajadores del conocimiento y de las formas más desarrolladas del arte. Todavía es posible encontrar placer estético en los poemas homéricos. Estos nos llevan, como dice Marx, “(…) a la infancia histórica de la humanidad, allí donde alcanzó su forma más bella, (…)”

La clase dominante se ha valido en más de una ocasión de aquellos recuerdos de infancia y ha reconstruido numerosas veces a los héroes épicos. En los años treinta, la industria editorial y cinematográfica los convirtió en súper héroes; hoy, estos personajes son la mercancía más valiosa de las más grandes compañías de entretenimiento. Cuando el sistema ha perdido toda posibilidad de desarrollo, nos devuelve intelectualmente a nuestros primeros años.

Hoy, en estos momentos de crisis, todo aquello que parecía significativo se pone a prueba. Igual que Gilgamesh ante el cadáver de Enkidu o Aquiles frente al de Patroclo, nos enfrentamos al miedo a la muerte. No han aparecido dioses, ni sacerdotes, ni héroes, ni superhéroes que nos salven de la peste. Tampoco los magnates o los jefes de estado se han mostrado muy eficientes; su codicia es claramente su auténtica motivación. La poca esperanza con la que contamos ahora es el resultado de los esfuerzos de millones de trabajadores en todos los países. Sólo a ellas y ellos hemos visto poner la salud de nuestra especie por encima de cualquier otro interés. Ninguno de ellos dispone de más tecnología que la que encuentra en su centro de trabajo, sus armas son sus herramientas y su experiencia, su vestuario no los hace destacar del resto y gracias a ellos podemos decir que seguimos vivos.

A partir de ahora, poco importan los héroes. Quizá necesitamos nuevos perfiles para los protagonistas de las historias por venir. Escarbando en la tradición y escuchando a nuestros amigos y lectores esperamos encontrar la respuesta. Gracias a ustedes por estar con nosotros.





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