LAS SUPLICANTES: TRAGEDIA VIGENTE QUE SE QUEDA CORTA

Por: Jonathan Fortich

@fortich79

@MusaParadisaca3

 

Esquilo, hijo de Euforión, nació en Eleusis, un demo de la antigua Atenas, alrededor del año 525 a.n.e. Tuvo dos hijos, también tragediógrafos. En el año 463 a.n.e. estrena Las Suplicantes (Ἱκέτιδες, Hiketides).

 

La obra se desarrolla en una playa cerca de Argos. Las hijas de Dánao han llegado a ese lugar donde ha surgido su raza, esperando ser aceptadas como suplicantes. Huyen de los hijos de Egipto que quieren hacerlas sus esposas por la fuerza. Pelasgo, el rey, llega al lugar. Las jóvenes le piden su protección y él propone ir con Dánao a la ciudad a consultar al pueblo. El coro invoca a Zeus. Dánao regresa y cuenta a sus hijas que los argivos les otorgan residencia. Las Danaides invocan bendiciones para ellos: paz, prosperidad, salud y fertilidad. Desde un altozano, Dánao divisa las velas egipcias, pide a sus hijas que no se olviden de los dioses mientras va en busca del auxilio de los pelasgos. Ellas dicen que preferirían ahorcarse antes de que un hombre maldito las tocase. Un mensajero egipcio llega a ordenarles que vayan con él y las Danaides se niegan. Los soldados egipcios se disponen a llevarlas a rastras y llega Pelasgo a decirles que llorarán si tocan a las hijas de Dánao. El mensajero se marcha amenazando con contarlo todo a los hijos de Egipto. El rey invita al Coro a entrar a la ciudad y se marcha. Dánao llega con escolta armada y cuenta a sus hijas que tienen alojamiento en la ciudad. Dánao se va y ellas se preparan para seguirlo.

 

Al parecer esta obra era la primera de la tetralogía (trilogía trágica y drama satírico) que Esquilo presentó ese año. Aunque no se conocen los otros dos textos, sabemos que “(…) culminaba en Hipermestra subsumiendo en sí el espíritu de la conciliación al convertirse en tronco de una estirpe real;(…)”[1] En cuanto a sus motivaciones políticas, “(…) se ha supuesto que pueda estar conectada con la difícil y, en definitiva, abnegada actitud que adoptó la ciudad argiva en 470, cuando, dispuesta a entrar en alianza antiespartana (de la cual, por otra parte, iba a salirse el 468) con Arcadia y Élide gracias a las gestiones de Temístocles, aceptó a éste como refugiado tras su ostracismo exponiéndose a los mismos riesgos que el mítico Pelasgo.”[2] También Eurípides tiene una obra de igual título aunque de distinto argumento y, en general, en diversas tragedias encontraremos la figura de la mujer postrada ante la estatua de una divinidad, llevando ramos de suplicante.


John Reinhard Weguelin. La labor de las Danaides, 1879 

Para los colombianos, esta obra trágica tiene una horrible y triste vigencia. Dentro de la recurrencia de actos de opresión contra las mujeres en el último medio milenio, ocupan un lugar relevante los abusos contra su autonomía sexual, y aunque es difícil contar con cifras sobre matrimonios forzados, entendemos que no sería una realidad inverosímil aquí. La horrible tradición del ius primae noctis, o derecho de pernada, que veíamos en El poema de Gilgamesh, llegó de Europa con los conquistadores y se ejerció -que se tenga noticia- hasta bien entrado el siglo XX. Cabe aquí recordar al infame Hernán Giraldo Serna, un narcoparamilitar miembro de las AUC (organización a cuyo fortalecimiento contribuyó el actual jefe del presidente de este país) fue acusado de abusar de diecinueve niñas, seis de las cuales tenían menos de catorce años. Por esto, sus secuaces le apodaron Taladro; remoquete del que se mostraba orgulloso.

 

El mayor éxito del narcoparamilitarismo -por el que siente tan profundas simpatías el actual Gobierno de Colombia y sus Fuerzas Armadas- fue el desplazamiento forzado. Los millones de campesinos que fueron obligados a abandonar sus territorios, se tradujeron en miles de hectáreas de tierra de la mejor calidad para la burguesía colombiana y el capital extranjero. Como se ha visto, la violencia sexual contra las mujeres y niñas cumplió un papel primordial dentro de la variedad de métodos empleados por estos delincuentes para sembrar el terror entre los trabajadores del campo.

 

Pero hoy la realidad supera la tragedia de Esquilo. A diferencia de las Danaides, buena parte de las mujeres que sufren abuso o acoso en Colombia no cuenta con un sitio dónde refugiarse, y aunque el Estado tiene muchas frases sobre la protección a sus derechos, la realidad es otra. Normalmente las víctimas tienen que demostrar que son inocentes y que no fueron ellas las que provocaron la agresión. Una evidencia de ello es Miguel Uribe Turbay: este joven delfín aprobó un concepto jurídico en el que se atribuía la responsabilidad de la violación y asesinato de Rosa Elvira Cely, una trabajadora de la venta estacional, a ella misma. En Colombia, no hay a quien suplicar.


Rosa Elvira Cely (1977-2012)

 

Aunque los otros dos textos que componían la trilogía trágica de la que hacía parte Las suplicantes se han perdido, conocemos por otras fuentes cómo continúa la historia de las Danaides. Luego de varios sucesos, Dánao acepta entregar a sus hijas en matrimonio a los hijos de Egipto; a su vez, instruye a sus hijas para que oculten dagas con las que asesinarán a sus maridos en la noche de bodas. Luego su padre les encontraría nuevos maridos con quienes tendrían hijos y sería este el origen de los dánaos, los mismos que encontramos en Ilíada liderados por los Atridas Agamenón y Menelao. Tras su muerte, como castigo por matar a sus esposos, fueron condenadas a llenar de agua un tonel con un cedazo.

 

De todo lo que se puede aprender de la Antigua Grecia, nuestra clase dominante, al alejar este conocimiento de los trabajadores lo aprovecha sólo en la estrecha y mezquina medida de sus intereses y así, de la tradición grecolatina han adquirido las peores costumbres. A la opresión contra la mujer que veíamos en los poemas homéricos y que se diversifica a lo largo de la Antigüedad, se suma la tradición cristiana que la ve como origen del pecado; que es algo así como una ofensa a su dios, hecho que debe inspirar una gran culpa. Sobre estos siglos de opresión, el capital llega a convertir a las mujeres en mercancía; una mercancía tan rentable que puede ser explotada a cambio de nada, como es el caso del trabajo doméstico no remunerado.

 

Mujeres del Ejército Rojo


Sí, la tragedia sigue vigente pero ya la súplica se ha mostrado en extremo inútil. Muchas se han unido para exigir, pero esto no ha sido suficiente. La Revolución Rusa de 1917 comenzó con una marcha del Día de la Mujer Trabajadora (8 de marzo). Tras la victoria de Octubre, las compañeras encontraron un espacio donde podían adelantar la lucha por su emancipación. Así conquistaron el derecho al aborto, programas para socializar el trabajo doméstico, también espacios para desarrollar sus talentos y capacidades. Una década después Stalin se encargaría de acabar con todo esto pero la lección queda: sólo la unión de los trabajadores contra el capital bajo un programa auténticamente socialista garantiza la posibilidad de emancipación para la mujer y el comienzo del fin para tantos siglos de opresión.



[1] Esquilo. Tragedias, Madrid: Editorial Gredos, p. 14.

[2] Ibid. pp. 12-13

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