ODISEA: UN VIAJE AL QUE SIEMPRE SE VUELVE
Por: Jonathan Fortich
Llamará la atención de nuestros lectores que en estos días en que la salud mundial exige quedarse en casa nos refiramos a uno que estuvo veinte años lejos de su hogar. En ese sentido, les invitamos a pensar en aquellos que, precisamente por obra de esta pandemia, se encuentran sin poder estar cerca de las personas que aman. También por esto, Odisea es una obra que se mantiene vigente.
Esta, narra los esfuerzos del ingenioso Ulises (Odiseo), hijo de Laertes, por recuperar su hacienda en Ítaca después de la victoria de los aqueos sobre Troya, “la de anchas calles”. Para lograr esto, el héroe enfrenta toda clase de peligros durante diez años, que parecen mayores a los que enfrentó durante diez años de guerra.
Igual que Gilgamesh, Ulises también aprende de manera dolorosa lo inevitable de la muerte. De hecho, desde el comienzo de la narración homérica sabemos que ninguno de los compañeros de armas de nuestro protagonista se cuentan entre los vivos. La experiencia de la muerte que vive Ulises es tal que llega a visitar el país de los muertos, donde se encuentra con sus seres queridos. Igual que en Ilíada, el destino de los mortales está designado por la voluntad de los dioses. Así, el deambular de Ulises por el vinoso ponto es resultado de la ira de Poseidón quien no está presente en la asamblea de los dioses con la que inicia esta historia y es la propuesta de Atenea lo que la hace avanzar. Atenea, diosa tan cerebral que ha nacido de la cabeza de su padre adulta y armada, está, naturalmente, del lado del ingenioso Ulises.
Ulises en la mesa de Circe
En contraste con las peripecias de Ulises tenemos la trama de Telémaco, un auténtico precedente de la tradición que el siglo XIX conocerá como Bildungsroman (novela de formación) o de que se conoce en inglés como coming-of-age story. El hijo del Laertiada ha estado estos veinte años viendo cómo los pretendientes de su madre consumen la hacienda de su padre en una fiesta interminable. De acuerdo a la moral de la época y a la perspectiva de los dioses, particularmente de Atenea, Telémaco ha crecido hasta convertirse en un auténtico huevón. La diosa está decidida a que se convierta en un auténtico hombre capaz de luchar hombro a hombro con su padre para recuperar su hacienda.
Mientras la guía de la diosa, la compañía de Pisístrato y los relatos de los amigos de su padre hacen madurar a Penélope, Ulises se enfrenta a la furia de Poseidón hasta llegar al país de los Feacios donde es rescatado por la princesa Nausícaa. En el palacio del rey Alcínoo, Ulises contará las desdichas que le acaecieron desde la partida de Troya hasta sus años en la gruta de Calipso. Así, no sólo tenemos por una parte los relatos en paralelo de Ulises y Telémaco, si no además el relato del pasado del protagonista. Una estructura compleja que empieza a cerrarse con el arribo de nuestro héroe a su tierra. Allí, se da a conocer con quienes son sus más cercanos. El juego de apariencias que veíamos ocasionalmente en Ilíada se vuelve aquí recurrente, sobre todo cuando se trata de Ulises y Atenea.
Cuando Ulises ha reunido todas fuerzas y está preparado para recuperar su hacienda, Penélope, su esposa que lo ha esperado por dos décadas y que desconoce que ese vagabundo al que han estado ofendiendo sus pretendientes es su marido, anuncia una prueba que le han inspirado los dioses. Una prueba con un arco que luego será copiada por la tradición de relatos ingleses que tienen como protagonista a Robin Hood. De hecho, la prueba del arco pareciera el modelo base de miles de escenas climáticas que hemos visto en películas de aventuras en las que el héroe debe enfrentar una prueba que defina el desenlace de la historia.
Si para estas alturas el lector ha extrañado las escenas explícitas de violencia tan recurrentes en Ilíada, encontrará en el canto XXII una matanza sin contemplaciones que hace parecer pacífica y calma cualquier secuencia ochentera de tiroteo que nos haya legado Schwarzeneger, Chuck Norris o Stallone.
Mas Ulises certero alcanzó su garganta y la punta
traspasó el blando cuello y salió por detrás: el herido
se rehundió en el sillón y la copa cayó despedida
de su mano; vertió su nariz grueso caño de sangre,
sangre humana en hervor; resbaló a tierra luego y la mesa
rechazó con el pie; los manjares vinieron al suelo,
revoltijo de pan y de carnes asadas.
Odisea. Canto XII, 15-21
Habiéndose librado de los pretendientes, Telémaco ahorca en fila a las esclavas que “pasaban sus noches al lado de aquellos galanes.” Esta semana la escritora Margaret Atwood recordó en Twitter que estaba muy molesta con esta parte del relato cuando leyó Odisea en su adolescencia. Hizo de las sirvientas un “coro” y empezó a releer la obra muchas veces fijándose muy bien en quién dice qué a quién, y en la esclavitud de la Antigüedad.
Quizá por aquellos lejanos días los griegos, junto con los fenicios, eran quienes más conocían sobre la extensión del mundo, pero aún su conocimiento era limitado. Hoy cualquiera puede ver el mapa de casi cualquier territorio en su teléfono. Además, contamos con una explicación científica para cada uno de los fenómenos naturales que alguien podría enfrentar en una travesía marítima. Sin embargo, volver a Odisea es una necesidad para el contador de historias. Todavía nuestros desplazamientos siguen implicando riesgos, obstáculos a vencer, fuerzas que enfrentar. Incluso en estos días en los que nuestros recorridos son tan breves, nos encontramos con que un cambio de nuestra ubicación espacial puede poner en riesgo nuestra vida, y las semanas acumuladas de encierro nos pueden extraviar en las corrientes de la memoria, madre de todas las musas.
Todavía debemos perdernos con Ulises para encontrar el camino de regreso. También nosotros hemos descubierto que unos pocos despilfarran nuestra hacienda pero ya no son estos tiempos para hacerse hombre. No basta la fuerza y el ingenio de uno solo para que recuperemos lo que se nos ha quitado. Las circunstancias nos tienen separados pero sobran las razones para unirnos. Reconocernos como parte de una misma clase nos dará el primer impulso para emprender la lucha. Ya está pasando.
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