ORESTÍADA: LO QUE VA DE LA VENGANZA A LA JUSTICIA


Por: Jonathan Fortich

@fortich79

@MusaParadisaca3

 

 

Orestíada es la única trilogía trágica que nos sobrevive completa. Si, además, contásemos con el texto de Proteo (drama satírico) tendríamos la base fundamental para reconstruir aquella jornada de las Dionisias del año 458 a.n.e. en la que Esquilo llegó a impactar de tal modo con su trabajo al jurado y al público que recibió el primer premio.

 

El  poeta eleusino “(…) se sabía de memoria a Homero;(…)”[1] Tras ocuparse del “ciclo tebano” en Los siete contra Tebas, aborda el “ciclo troyano” en Orestíada con una trilogía que cuenta cómo Agamenón llega a ser asesinado por su esposa Clitemnestra tras su regreso de Troya. Orestes, su hijo, venga la muerte del Atrida. Ante la amenaza de las Erinis (personificación de la venganza), que exigen justicia, Apolo propone llevar el caso ante Atenea para que juzgue y dicte sentencia.

 

Como se ve, es un conflicto complejo a todas vistas, incluso para estos tiempos. Más, en la medida en que nos acercamos a los detalles de la historia. Es una gran ventaja para el poeta que su público estuviera familiarizado con los personajes y sus situaciones y, sin embargo, la construcción del argumento común a las tres tragedias sigue resultando inspirador para quienes estamos aprendiendo a contar historias.


Egisto asesinado por Orestes y Pílades. ca. 430-400 a.n.e.

 

La primera tragedia se llama Agamenón. Inicia con un vigía sobre la azotea del palacio de los Atridas en Argos; tiene “los codos apoyados en el suelo y la cabeza entre las manos.” Se queja de su actividad hasta que percibe una luz. Es la señal que anuncia la victoria de los aqueos sobre Troya y el regreso de Agamenón. Sin embargo, algo oscurece esta alegría. Un coro de ancianos argivos nos cuenta que hay un crimen tras esta victoria: siguiendo los augurios de un adivino, Agamenón sacrificó a su hija Ifigenia para obtener vientos favorables en su viaje a Troya. Los ancianos temen que por esta injusticia, la desgracia caiga sobre la casa de Atreo.

 

En el primer estásimo (la parte cantada por el coro entre los episodios) encontramos un fragmento que puede inspirar más de una reflexión en estos momentos:

 

"Cosa grave es la voz de unos ciudadanos que sienten rencor. El gobernante paga la deuda cuando la maldición del pueblo se cumple. Mi angustia espera escuchar algo aún oculto por las tinieblas, que a los autores de tantas muertes no dejan de verlos los dioses, y con el tiempo las negras Erinis, al que ha ido teniendo fortuna feliz, pero al margen de la justicia, mediante un cambio de la fortuna que arruina su vida, lo sumen en la obscuridad, pues no tiene fuerza para defenderse el que se encuentra ya entre los muertos. Gozar de una fama desmedida es algo muy grave, que el rayo de Zeus alcanza la casa de la gente así.

Prefiero un bienestar que no provoque envidia. ¡Nunca sea yo destructor de ciudades! ¡Ni, prisionero, vea mi vida sometida a otro!" (vv. 457-474.)[2]

 

Agamenón regresa acompañado de Casandra, una de las hijas de Príamo, rey de Troya, a quien ha hecho su amante. Esto, y el recuerdo de la hija asesinada, motivan a Clitemnestra a confabularse con Egisto, quien, a su vez, ha sido su amante durante los diez años de la guerra de Troya, para asesinar a Agamenón.

 

La segunda tragedia, Las Coéforas, toma su nombre del coro: esclavas troyanas que llevan libaciones. Aquí, Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, regresa a Argos a vengar la muerte de su padre. Con la ayuda de su hermana Electra y las Coéforas, se hace pasar por extranjero y asesina a su madre y a Egisto.

 

William-Adolphe Bouguereau. Orestes perseguido por las furias, 1862


El título de la tercera tragedia, Las Euménides (que traduce “benévolas”), es una forma de referirse a las Erinis sin correr el riesgo de invocarlas al decir su nombre propio. Son ellas quienes conforman el coro. Se cuenta que su aparición fue tan tétrica que los niños se desmayaban y las mujeres abortaban. 


En este momento final de la trama, Orestes ha llegado al templo de Apolo en Delfos en busca de refugio. Allí, el dios le aconseja que para evitar a las furias, marche a Atenas y abrace la estatua de Palas Atenea donde habrá jueces que atiendan su caso. El fantasma de Clitemnestra aparece para despertar a las Erinis, Apolo intenta defenderlo. Como si se anunciara el cine, la escena cambia para mostrar la colina del Areópago en Atenas. Orestes se abraza a la estatua de la diosa y las Erinis lo descubren y lo aterrorizan hasta que aparece Atenea. Luego de discutir con ellas, regresa acompañada de un grupo de ciudadanos. Inicia aquí un juicio, y con él, toda una tradición que se prolongará hasta el cine (12 Angry Men; Anatomy of a Murder, etc.). Con Atenea como defensora y la Corifeo de las Erinis como parte acusadora, los dos puntos de vista sobre los actos de Orestes se enfrentan. Al final, el voto de los jueces decidirá el veredicto.

 

Para diversos autores, esta trilogía recrea la transición que se dio en la sociedad griega de la ley religiosa a la ley civil. Orestes se enfrenta a una difícil contradicción: por un lado, debe obedecer el principio de vengar el crimen contra el padre pero, por otra parte, cumplir con este precepto implica matar a su madre, un crimen que, en principio, a cualquiera le resulta horrendo en extremo. Pero además, la muerte del padre estaba también soportada por la venganza: Agamenón era asesino de su hija. Las motivaciones de los personajes son tan fuertes y sólidas que resulta imposible reducir esto a una historia de “los buenos contra los malos”. Quizá porque el mundo es más complejo que eso.

 

Evidentemente todo se había hecho más complejo. Los herederos de aquellas hordas de piratas cantadas por Homero se habían convertido en amos esclavistas con un poder militar y comercial que se hacía sentir a lo largo y ancho del Mediterráneo. En un mundo así, es imposible resolver todos los conflictos por la vía de cobrar venganza. Cada acto tiene sus consecuencias y los seres humanos pueden equivocarse a la hora de explicarlo. Ante la comisión de un crimen no basta con acusar a alguien y hacerlo pagar con su vida la sangre derramada. Surgen nuevas preguntas: ¿Fue realmente la persona acusada quien cometió el crimen? Si es el caso, ¿era su objetivo quitarle la vida a esa persona? Siendo así, ¿qué lo motivó a hacerlo? Y así sucesivamente, hasta que una instancia lo suficientemente capacitada sea capaz de dar un veredicto y dictar sentencia.


Jarrón con escena de Orestíada. ca. 340 a.n.e.

 

Se desarrolla entonces en las civilizaciones esclavista el concepto de justicia. Su definición es una tarea compleja que no viene aquí al caso y mucho más apropiada para los expertos en derecho. Lo que sí podemos asegurar es que esta eventual definición está tan atada a las condiciones materiales históricas que resulta casi imposible llegar a un concepto inmutable. Lo que puede ser injusto hoy no lo era hace uno o dos siglos, lo que consideramos corriente y cotidiano en nuestro entorno inmediato puede resultar ofensivo para otros pueblos. Además, como ya hemos visto, las instituciones responsables de la justicia, suelen actuar motivadas por intereses de clase.

 

En Colombia, todas estas discusiones sólo podemos tenerlas en el campo teórico. En la práctica, desconocemos la experiencia de la justicia. Muy seguramente entre los pueblos precolombinos primó el criterio de la venganza de sangre igual que en muchas otras culturas. Quizá fue este criterio el que impulsó a La Gaitana a organizar a los jefes del Huila en el siglo XVI para combatir a Pedro de Añasco, conquistador que había torturado y asesinado a su hijo frente a ella. Fue tal su liderazgo militar que, incluso después de su muerte, era imposible para los invasores ingresar a esta región. Mientras, en todo el continente americano la población indígena se veía diezmada por la violencia ibérica.

 

La Independencia tampoco significó justicia. Terminado el mandato de Bolívar las élites neogranadinas ordenaron el Estado de acuerdo a sus intereses. Hasta hoy, la justicia es para la clase dominante y “la ley es para los de ruana”. A nosotros sólo nos queda el espíritu de venganza que cada día es alimentado por quienes mandan con mentiras. Ayer se estimulaba a los conservadores a combatir a los liberales, hoy nos dicen que las ideas de izquierda nos van a condenar a la pobreza. ¡Como si llevásemos cinco siglos viviendo en la opulencia! Por si fuera poco, el actual jefe del presidente de Colombia lleva más de treinta años engañando a sus seguidores que su lucha contra la guerrilla y las ideas de izquierda está motivada por el asesinato de su padre. Curiosamente, dos años después de la muerte de su progenitor, Uribe buscó a las FARC para que le dieran un aval de su recién fundado partido Unión Patriótica que le permitiese aspirar al Congreso. No hay deseo de venganza; es simple demagogia. Por otro parte, es bastante lamentable que en pleno siglo XXI un proyecto político esté inspirado por un espíritu de venganza ajeno pero, además, resulta repulsivo darse cuenta que a esa masa compuesta de millones se le inspira con engaños.

 

Precisamente hacer justicia exige algún grado de conocimiento, llegar en alguna medida a eso que coloquialmente llamamos “la verdad”. ¿Cómo puede haber justicia en un país donde la ciencia, la filosofía, el arte y las diversas vías para buscar la verdad son criminalizadas? ¿Cómo se puede hacer justicia cuando la orientación del partido de Gobierno es llevar toda discusión política al ataque personal?

 

Hace unas semanas muchos colombianos reaccionaron con indignación al escuchar que su vicepresidenta les acusaba de ser unos “atenidos” a lo que diga el Gobierno. Dentro de la pésima redacción que caracteriza al uribismo -muy lejana de la cuidada gramática de los conservadores de antaño- lo que podemos inferir de las palabras de Ramírez es que los colombianos del montón, los de a pie, los pobres, los trabajadores, no podemos esperar ningún acto de justicia del Gobierno. Si queremos soluciones a nuestros problemas debemos encontrarlas y ejecutarlas nosotros.

 

Ahora, nuestro principal problema es estar bajo el dominio de una clase conformada por criminales e ineptos. Será nuestra tarea dejar de atenernos a ella y derrocarla. Quizá así dejemos de estar sometidos a su crueldad y probemos de eso que en el papel llaman “justicia”.



[1] Manuel Fernández-Galiano. En: Homero. Odisea. Madrid. 1993, p. 10.

 

[2] Esquilo. Tragedias. Madrid., 1986 p. 391

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