ANTÍGONA: LA DIVINA RAZÓN
Por: Jonathan Fortich
...los daños que mandan los dioses alcanzan pronto a los insensatos.
Si viésemos la literatura griega en los términos del mercadeo cinematográfico, diríamos que Antígona es la secuela de Los siete contra Tebas. La acción de la obra de Sófocles (497/6-406/5 a.n.e.) comienza con las primeras luces de la madrugada siguiente a la jornada de guerra que narra Esquilo (525/6-456/5 a.n.e.).
Derrotada la invasión contra Tebas, el rey Creonte decreta la muerte para quien dé sepultura al cadáver de Polinices, su sobrino y uno de los capitanes enemigos. Antígona le confía a su hermana Ismene que desobedecerá la orden y enterrará el cadáver de su hermano. Le pide su colaboración pero, en cambio, ella intenta disuadirla de este “piadoso crimen”. Antígona responde al peligro del que le habla su hermana mostrándose dispuesta a morir con honor. Sale.
Un Guardián le reporta a Creonte que su orden ha sido incumplida. El rey exige que se arreste al culpable. Antígona es capturada y reconoce su desobediencia. Hemón, su prometido e hijo de Creonte, intercede por ella ante su padre, que se niega a revertir su decisión. Hemón se marcha y Creonte ordena que Antígona sea encerrada viva en una cueva.
El adivino Tiresias le pide a Creonte que se someta a la voluntad de los dioses y permita enterrar el cuerpo de Polinices. Creonte lo acusa de que le han pagado por vaticinar eso. Tiresias predice la muerte de uno de los hijos de Creonte. Persuadido por el Corifeo, acepta desistir de su orden y manda liberar a Antígona.
Un mensajero anuncia al Coro que Hemón se ha suicidado. Llega la reina Eurídice. El mensajero cuenta que al llegar con Creonte a la cueva, éste oyó la voz de su hijo, ordenó a sus esclavos entrar y verificar, y descubrieron a Antígona colgada por el cuello y al cuerpo de Hemón abrazado a ella. Eurídice entra al palacio sin pronunciar palabra.
Creonte llega lamentando la muerte de su hijo. El mensajero sale de palacio y le informa que su esposa se ha quitado la vida. El rey pide la muerte. El Corifeo le dice que no habrá liberación para él. Creonte ordena que se lleven los cuerpos.
Esta obra, estrenada por Sófocles en algún momento anterior al 441 a.n.e., hace parte del Ciclo Tebano que tiene como eje central a Edipo: asesino de su padre y esposo de su madre. Una condición que trae la desgracia para su descendencia. La desgracia, reiteradamente, encuentra su terreno para crecer entre la ambición, la arrogancia y la soberbia de varios miembros de esa familia.
No sorprende el impacto y fuerte influencia que ha ejercido el Ciclo Tebano a lo largo de la Historia. Las contradicciones que resultan entre la ambición y el incesto bajo un destino inevitable despiertan el interés y estimulan la imaginación de todo aquel que se atreva a enfrentar sus temores y pesadillas como parte de su formación como artista.
Ya hemos mostrado en ocasiones anteriores —y anunciamos volver sobre esto reiteradamente— lo apropiada que resulta la tragedia como medio para aproximarse desde lo estético a las realidades y conflictos de la sociedad colombiana y su historia. Alguien que supo desarrollar esto con talento fue Gabriel García Márquez, y no es difícil reconocer en su obra el sello de quien ha sabido apasionarse por el destino de los hijos de Edipo. Pero a esto nos referiremos en otra oportunidad.
Por supuesto, para cualquier colombiano consciente de su historia es posible percibir las vibraciones de la familia real tebana en nuestra élite. Quizá la diferencia es que mientras aquella tuvo una vida de pocas generaciones, la burguesía colombiana es hija de un pasado de cinco siglos que quisiera prolongar otros tantos más. Podríamos decir que han sabido librarse del castigo de los dioses. Pero ya sabemos que tales seres no existen y, además, bajo la propiedad privada, la justicia sólo es posible en el mundo de la ficción. Siendo así, no hay nada que castigue la ambición ni la codicia. Todo lo contrario. Regularmente el periódico El Tiempo se ufana de las ingentes ganancias de las compañías de Luis C. Sarmiento Angulo, los medios de la Organización Ardila Lülle apoyan y promueven las ambiciones políticas de Álvaro Uribe Vélez y sus secuaces; en sentido similar, el grupo Santodomingo se presta para apoyar con una actitud liberal a todo aquel que sea funcional para sus interes económicos y condena todo acto moral que vaya en contravía de ellos.
La endogamia también hace parte de los gustos de esta aristocracia frustrada de hacendados devenidos en narcotraficantes que nos gobierna. El último número de la Revista Semana reseña como una simpática casualidad que gente como Daniel Samper Pizano (hermano de Ernesto), Roberto Pombo, María Ángela Holguín, Clara López Obregón, Carlos Urrutia, Miguel Urrutia, Diego Pardo Koppel y Miguel de Narváez, tengan como ancestro al expresidente y hacendado esclavista Julio Arboleda. No hay que escarbar mucho para descubrir que en nuestros últimos tres siglos de historia hemos sido gobernados por un bosquecillo de árboles genealógicos bastante reducido. Recordemos, a propósito, que tanto Juan Manuel y Pachito se apellidan Santos Calderón pero no son hermanos sino primos. Dirán algunos que tener un hijo, un hermano, un primo, un nieto, un padre o un esposo como Pachito ya es una terrible desgracia. Pero si se compara esto con la muerte y la violencia desplegada por nuestra élites, Pachito resulta ser poca cosa. Y en todo caso Pachito, por muy narcoparamilitar que sea, al final sólo cuenta como poca cosa. Él, claro, no se va a ofender porque se escriba esto. Sabe que sus familiares, amigos y copartidarios dicen cosas peores de él.
La renuncia a la sensatez y la razón es la marca permanente de nuestra clase dominante desde los días de la Conquista. Es una expresión más y consecuencia de la premisa, en sí misma insensata, que siguen como dogma de supervivencia: ejercer contra el pueblo toda la violencia que sea necesaria para evitar que su desesperación por nuestra incompetencia llegue a afectar o perturbar de algún modo nuestra sagrada molicie.
La lucha de Antígona —que cierta tradición explica como enfrentamiento de la ley divina contra la ley del Estado— es, creemos, una pugna de la sensatez contra el despotismo que significa Creonte. Es irrelevante aquí intentar tomar partido por Polinices o por Eteocles. Son jefes militares y políticos en un contexto esclavista. De hecho, dentro de la obra, que se le rindan honores a uno y no al otro (tomando partido) es sobre todo una preocupación de Creonte. Por otra parte, entendiendo las naturales motivaciones de Antígona de darle una sepultura digna a su hermano y superando con la distancia histórica sus compromisos con la ley divina, es claro que dejar ese cadáver expuesto es una insensatez desde donde se mire.
Esta semana, y con mucha discreción, algunos lectores colombianos que se han motivado a leer la Antígona tras ver las citas publicadas en Twitter, nos han insinuado ver al autoritario y conservador Uribe/Duque reflejado en Creonte, particularmente al final del episodio 3:
“CREONTE. — ¿Y la ciudad va a decirme lo que debo hacer?
HEMÓN. — ¿Te das cuenta de que has hablado como si fueras un joven?
CREONTE. — ¿Según el criterio de otro, o según el mío, debo yo regir esta tierra?
HEMÓN. — No existe ciudad que sea de un solo hombre.
CREONTE. — ¿No se considera que la ciudad es de quien la gobierna?
HEMÓN. — Tú gobernarías bien, en solitario, un país desierto.
CREONTE. — Éste, a lo que parece, se ha aliado con la mujer.”[1]
Aunque en estos tiempos toda moral religiosa resulta perjudicial, hay que recordar que en épocas anteriores la religión era el único vehículo posible para la difusión del conocimiento. Si se escarba lo suficiente, se descubre que detrás de muchas normas religiosas actuales hay medidas prácticas del pasado. La religión fue, entre otras cosas, el medio ideal para difundir y fijar preceptos.
“La educación animal puede realizarse íntegramente mediante el ejemplo: copiando a la gallina, el pollito aprende a picar y sabe qué picar. Para los niños, que tienen tanto que aprender, el método imitativo sería fatalmente lento. En las sociedades humanas la instrucción se basa tanto en el precepto como en el ejemplo. Dichas sociedades idearon gradualmente instrumentos para la comunicación entre sus miembros. Así produjeron una nueva clase de equipo que con bastante acierto puede ser calificado de espiritual.”[2]
Evidentemente, en la medida que las sociedades se desarrollan sus preceptos cambian y, así, su “equipo espiritual”. El conocimiento útil que alguna vez significó el misticismo y la religión se hace obsoleto y es desplazado por la filosofía y la ciencia.
La invasión a este territorio que hoy llamamos América se da por parte de elementos que viven la pugna entre ciencia y religión desde la periferia del bando reaccionario. Hoy podemos afirmar que la fe cristiana que el Reino de España pone en lo más alto de su corona está sustentada en un complejo entramado de patrañas. Intuimos que a los habitantes originarios de estas tierras también les sonó a embuste la historia del dios cristiano pero no tenemos cómo asegurarlo. Dolorosamente, sólo ha logrado sobrevivir una ínfima parte de su descendencia y su saber.
Las luchas por la Independencia recibieron la inspiración de las ideas de la Ilustración y el romanticismo pero aquí en Colombia las élites, comprometidas con su repudio a la sensatez, presionaron de diversos modos la salida del poder de Simón Bolívar, el elemento más avanzado y más comprometido con un proyecto basado en las ideas de la razón. Desde entonces, el imperio de la ignorancia supina de nuestras clases dominantes ha impedido el desarrollo de la razón. La marginalidad, el exilio o la muerte son las opciones para las Antígonas que ha dado esta tierra en la que nos forman para ser Ismenes: culpables de un delito que no hemos cometido porque hemos sido obedientes.
La gran contradicción de Colombia con respecto a las tradiciones de la tragedia es que aquí los errores y los excesos de los poderosos se pagan, pero con las vidas, los bienes y el trabajo de inocentes. Es como si al final de una tragedia, tras reconocerse las faltas de los héroes, los dioses decidieran la muerte de mensajeros, guardianes y esclavas para luego premiar a sus asesinos.
Por otra parte, al final de Antígona, el dolor al que se enfrenta Creonte al saber muertos a su esposa e hijo le enseña la cordura que no había tenido. La burguesía colombiana, en cambio, es un caso perdido. Toda nueva oportunidad de aprender la hace más cruel e inepta. Su respuesta al Covid-19 es otra evidencia palmaria. Lo que podría ser un momento ideal para corregir errores pasados sobre nuestro sistema de salud y la forma de manejar la economía, se ha convertido en otra ocasión para aumentar nuestras desgracias.
No tenemos héroes ni dioses de nuestro lado. Sufrimos hace cinco siglos pero no es una condena del destino. Desde noviembre del año pasado, inspirados por las luchas de trabajadores de diversos países, nos atrevimos a emprender el aprendizaje necesario para liberarnos de la desgracia y escribir nuestra propia historia. Ellos han despreciado la razón, la sensatez y la cordura. Nosotros, tras años de verlas y explorarlas como algo ajeno, hemos descubierto la posibilidad de hacerlas propias. Los errores aún son frecuentes, el camino ante nosotros se ve largo y las dificultades aumentan. Sí, este proceso de aprendizaje es difícil y doloroso, pero ya empezamos.
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