PROMETEO ENCADENADO: EL SABER Y LA DESGRACIA
Por: Jonathan Fortich
“Todo lo enseña el transcurso del tiempo.” (v. 982)
La entrega final de esta serie sobre Esquilo corresponde a Prometeo encadenado. Una obra cuya atribución al poeta eleusino se ha puesto en duda en los últimos años. Los defensores de esta posición, además, le atribuyen una fecha de estreno más reciente: c. 430 a.n.e.
Esta tragedia, que se desarrolla en un lugar montañoso y abrupto, nos muestra a Prometeo, que ha sido firmemente sujetado a una roca por Hefesto, contarle al coro de las Oceánides que, tras ayudar a Zeus a derrocar a su padre Crono, aquel no dio ningún beneficio a los hombres, por el contrario, quería exterminarles.
Oceáno, el padre de las mencionadas ninfas, insta a Prometeo, sin éxito, a someterse a la voluntad de Zeus, nuevo jefe de los dioses. Llega Ío, una joven desgraciada por Zeus y convertida en vaca perseguida por un tábano. Se sorprende al escuchar todo lo que Prometeo sabe de ella y sus desgracias, cuenta su infortunio. Ella se lamenta cuando el titán encadenado le anuncia que vendrán más calamidades. Éste remata anunciando que esa sería su liberación. Le dice a Ío que, tras enfrentar a las Fórcides, las Gorgonas y otros peligros, llegará a la boca del Nilo, donde Zeus la dejará encinta. El descendiente de esta relación, liberará a Prometeo. Ío se marcha dolida y abrasada por la picadura del tábano.
Las Oceánides se horrorizan ante las desgracias que trae ser objeto de los amores de Zeus. Prometeo les dice que el Cronida ahora puede ser arrogante, pero en el futuro será humilde pues por una boda será derrocado y él sabe cómo salvarlo. Hermes llega enviado por Zeus y le pide a Prometeo que le diga cuál es esa boda. Prometeo se niega a hablar. Hermes le anuncia nuevas desgracias que él acepta. Hermes ordena a las Oceánides que se marchen, pero ellas deciden quedarse con Prometeo. El divino mensajero se va. Tras decir que las desgracias anunciadas se hacen realidad, Prometeo y el Coro de Oceánides desaparecen entre truenos y relámpagos.
Esta obra era la primera de una trilogía trágica continuada por Prometeo liberado y Prometeo portador del fuego. De estas nos sobreviven sólo fragmentos. De ellos, se ha inferido que Heracles, el hijo que Ío daría a luz, libera a Prometeo tras matar al águila que se ha estado comiendo cada día el hígado del titán. Luego, Prometeo le advertiría a Zeus que no se acostase con la ninfa Tetis porque ella estaba destinada a dar a luz a un hijo superior a su padre. Agradecido, Zeus se reconciliaría con Prometeo, ¿quizá aludiendo a la compasión de Aquiles -hijo de Tetis- hacia Príamo al final de Ilíada?.
Si es así, los griegos de aquellos días habrían aprendido al final de aquellas tres obras que el poder obtiene mejores resultados cuando se guía por el saber. Pero como decíamos, la trilogía está incompleta y lo que nos ha llegado es esta intensa escena de un gigante, sabio inmóvil, enfrentado a un poder gigantesco e invisible. Se insinúa en algún lado que, en cuanto a las obras artísticas, las sociedades tienden a conservar aquellas que consideran más valiosas por el bien que prestan a su vida cotidiana.
Quizá a la posteridad le pareció inverosímil que el poder se reconciliase con el conocimiento. Lo intuyo porque no lo hemos visto, aunque varios jefes de estado a lo largo de la historia se hayan ufanado de esto, en la práctica, y por lo menos desde que hemos estado sometidos al régimen de la propiedad privada, el saber vive sometido al poder. Sólo sobrevive al sufrimiento cotidiano por su confianza en que el poder lo necesita y solo a partir de ahí logra plantearse alguna opción de supervivencia. Puede, en algunos momentos, llegar a confiar en que los yerros del poder redundarán en su liberación y que este siga su orientación, pero ya sabemos que, hasta ahora, eso es una vana esperanza.
En el 399 a.n.e., Atenas condenaría a muerte a Sócrates. Ese mismo sistema que Atenea impuso al final de Las Euménides, significó el fin de quien, al parecer, era el hombre más sabio de su comunidad y un hito tal en la historia de la filosofía que a los pensadores anteriores a él los llamamos “pre-socráticos”. De acuerdo a lo que registra su discípulo Platón, a Sócrates lo condenó la enemistad y la envidia de muchos. Esto, a pesar de su voluntario y consciente sometimiento a las leyes de su ciudad, como lo vemos en la Apología de Sócrates y en Critón.
En los períodos posteriores de la historia en el Viejo Mundo, se mantendría el conflicto entre el conocimiento y el saber. Los episodios más dolorosos y frecuentes vendrían con el feudalismo. La quema de brujas y herejes en Europa, por ejemplo, significó en más de un caso el fin de una persona que guardaba un saber sobre la realidad que no se avenía con las rígidas formas escolásticas que, en muchos casos, servían sólo para alimentar prejuicios. Y es el cristianismo al servicio del poder quien promueve la masacre de tantos originales griegos, romanos, egipcios, etc. Incluyendo a sus guardianes, por supuesto.
Se suponía que el fin del conflicto llegaría con la Revolución Francesa que venía impulsada por las ideas de la Ilustración, la renuncia a la inmadurez del hombre, en palabras de Kant. No pasó.
Es cierto que la conquista del poder político por parte de la burguesía llega acompañado de un ingente desarrollo de la ciencia, las artes y la técnica. Incluso, nuevas expresiones artísticas como la fotografía y el cine nacen bajo su seno; además, habrían sido imposibles bajo los sistemas anteriores. Pero esa burguesía que venía de formarse en las ideas más revolucionarias para enfrentar a la aristocracia y la nobleza feudales, una vez en el poder, ataca sin reparos a quienes cuestionan su autoridad.
En 1843 un joven doctorado de Jena llamado Karl Marx que trabajaba como periodista del Rheinische Zeitung (Gaceta Renana) es objeto de cruentos ataques por parte de la censura prusiana. En sus artículos somete a una intensa crítica los acontecimientos de su región, en particular, se preocupa por la defensa de la libertad de prensa pero sus análisis llegan a poner en cuestión el funcionamiento del rígido pero obsoleto estado prusiano. El períodico llega a ser cerrado por orden del gobierno. En su defensa, y pidiendo misericordia, las gentes renanas circulaban la imagen de Marx como un Prometeo encadenado a la imprenta, recibiendo el ataque de una imperial águila prusiana.
La orden no se revirtió. El joven Marx pasaría a convertirse en co-editor del Deutsch-Französische Jahrbücher (Anales Franco-alemanes). En esta labor se acerca a las ideas del socialismo que también somete a crítica. La nueva publicación tiene una vida muy corta. Marx es acusado de alta traición y delitos de lesa majestad por sus artículos. Viaja a París donde continuará su vida de perseguido político pero esta vez no estará solo: ha conocido al joven Friedrich Engels, cuyos escritos ya conoce. Juntos marcarán un punto de desarrollo en la filosofía y las ciencias que llegaría a influir en los acontecimientos históricos futuros.
Trotsky, Lenin y Kamenev, 1919
Hasta ahora, las ideas del marxismo clásico no han podido ser llevadas a la práctica. La gloriosa Revolución de Octubre de 1917, liderada por Lenin y Trotsky, no pudo extenderse hacia otros países. En cambio, se vio traicionada por Stalin y su camarilla de burócratas. Para el fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, todos los héroes de Octubre estaban muertos. Sobre sus cadáveres se alzaba quien había desempeñado un papel torpe y minoritario. De aquella revolución traicionada surgió una versión deformada del marxismo que se mantiene hasta hoy. No vale la pena aquí hacer un repaso de afirmaciones erróneas que se repiten en todas partes para al final sustentar despliegues de sabiduría como: “los pobres lo son porque quieren” o “el cambio empieza por uno mismo”. Ninguna de esas frases ha hecho nada para poner fin a las desgracias del capitalismo.
Lo que a lo mejor sí pueda servir de algo sea invitar a esa amable persona que ha decidido dedicar unos minutos de su vida a la lectura de estas líneas a que juzgue las ideas del marxismo por sí mismo. Buena parte de la obra de Marx, Engels, Lenin, Luxemburgo y Trotsky está disponible en Internet de manera gratuita y en diversos idiomas. A lo mejor, puede descubrir que por fin alguien le pone sentido y orden a razonamientos que usted hacía de manera instintiva pero que no llegaba a formular; puede que descubra qué hay detrás de las mentiras de las noticias y la industria del entretenimiento; en algún momento puede aburrirse viendo fechas y hechos centenarios, pero ciertos análisis resultarán tan actuales que le obligarán a confirmar las fechas; puede que encuentre tanta razón en esas ideas y las comprenda con una claridad tal que se convierta en un auténtico cuadro revolucionario; tal vez se sorprenda al encontrar en los textos de economía política la clave para hacerse rico y la ponga en práctica (como dicen que les pasa a varios en Harvard cuando estudian Das Kapital); puede ser también, claro está, que de todas formas no encuentre razón alguna en esas ideas; sin embargo, cuando defienda su posición contra el marxismo podrá hacerlo basado en evidencias y argumentos. Aunque la posibilidad sea esta última, estaríamos viendo un cambio. No un cambio que hace uno mismo porque, realmente, el cambio lo hacemos muchos. Y ya empezó.
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