ALCESTIS: LA FIDELIDAD Y EL EGOÍSMO
Por: Jonathan Fortich
"Es más fácil aconsejar que soportar, cuando se sufre."
"El tiempo, sí, si es tiempo la muerte."
Hoy nos ocupamos de un nuevo autor: Eurípides (480-406 a.n.e.). En su época, el sello particular de este poeta fue la misoginia. Esto, en un entorno social que, como hemos visto, estaba marcado por el machismo. ¿Por qué referirse en tiempos en que se lucha por la emancipación de la mujer a alguien así? Porque la Historia nunca tiene presente la corrección política y hace de la contradicción su marca. Casi dos mil quinientos años después de su muerte, Eurípides puede tornarse en su contrario.
La mujer, naturalmente, fue un tema recurrente en sus obras, en muchos casos tituladas con nombres femeninos; por ejemplo, Medea, Andrómaca, Hécuba, Electra, y la que hoy tratamos: Alcestis. Su condición trágica, exige a las mujeres una ingente fuerza moral. Son personajes denigrados porque sus acciones, en muchos casos, son moralmente censurables para el contexto pero no por su debilidad de carácter. Lo que en su momento pudo ser una acción criminal para el poeta, hoy puede leerse como una reivindicación, o como la expresión natural de una realidad opresora. No nos atreveríamos a decir que todas sus experiencias artísticas fueron exitosas (esto rara vez ocurre en el mundo del arte) pero es de admirar los retos y experimentos que se asumió Eurípides en sus tramas y personajes, y cómo, las cualidades de un artista pueden llegar a superar tanto sus intenciones como sus errores políticos y filosóficos. Ya iremos encontrando otros ejemplos como este en el camino.
Pero concentrémonos en Alcestis: Zeus, dios de los cielos que mueve las nubes, ha matado a Asclepio, su nieto e hijo de Febo Apolo. Por esto, el flechador Apolo mata a los cíclopes, que forjan los rayos que lanza Zeus. En represalia, Apolo es obligado a servir como asalariado en casa de Admeto, hijo de Feres: un dios al servicio de un mortal, un dios viviendo entre mortales. Sí, aquellos que diseñaron el personaje de Jesucristo parece que también leyeron a los griegos, pero de eso hablaremos en otro momento.
En agradecimiento por el buen trato recibido por Admeto en su casa, Apolo salva a su mortal amigo de morir engañando a las Moiras, las diosas del destino. Éstas aceptan que Admeto escape de la muerte, a cambio de que les entregue otro cuerpo. Tras sondear a todos sus seres queridos, sólo Alcestis, su esposa, acepta entregar su vida por él.
Al iniciar la obra, Apolo se encuentra con La Muerte ante la casa de Admeto e intenta persuadirla de no llevarse a Alcestis. Ella, por supuesto, se niega, y Apolo anuncia que un hombre recibido como huésped arrebatará a Alcestis de los brazos de la Muerte.
Hércules arrebata a Alcestis del dios de la muerte y la lleva a Admeto. J. H. Tischbein, c. 1780
Un coro de ancianos llega preguntando por la suerte de la señora de la casa. Una sirvienta les dice que su ama vive y ha dispuesto todo para morir. El Coro invoca el auxilio de los dioses. Admeto sale de palacio sosteniendo a su esposa que le manifiesta su última voluntad: que no busque otra mujer. Admeto accede. Alcestis muere. Eumelo, su hijo se lamenta de su suerte y la de su hermana.
El Coro canta a Alcestis como la mejor de las mujeres por su fidelidad. Aparece Heracles preguntando por Admeto que sale de palacio con la cabeza rasurada, Heracles le pregunta por el luto y aquel le hace creer que lo lleva por alguien extraño a su casa. El Corifeo le pregunta a Admeto por su actuar y éste explica que no quería darle motivos a su amigo para que rechazase su hospitalidad. A ella dedica el Coro su canto. Llega Feres a rendirle honores a la difunta esposa de su hijo. Este le reprocha que, siendo viejo, no accedió a morir por él. El padre le llama cobarde y Admeto lo echa con insultos. Admeto parte con el cortejo a la que será la tumba de Alcestis. Un sirviente sale haciendo comentarios sobre Heracles que sala de palacio con una corona de mirto en su cabeza y una copa en la mano. Por el sirviente se entera de la verdad que Admeto le ha ocultado y resuelve salir al rescate de Alcestis.
Admeto regresa y es incapaz de entrar a su casa. El Coro le hace ver que la necesidad es causante de su desgracia. Heracles llega y le reprocha a Admeto no haberle dicho la verdad. Le pide que le guarde una mujer que ha ganado en una competencia. Admeto le pide que la lleve a otra parte pero reconoce en ella a Alcestis, su esposa fallecida. Ella ahora no puede hablar pero, tras purificarse, podrá recuperar la voz después de la tercera aurora. Heracles cuenta cómo la rescató y se despide. Admeto da las instrucciones para que se celebre el regreso de su mujer.
No hay mucho aquí para anotar sobre la misoginia euripídea. La única manera en la que el personaje se ha ganado la simpatía del poeta ha sido por una fidelidad absoluta y una sumisión total a la voluntad y bienestar del marido. Llega al colmo de acompañar su salvación del silencio de quien ha sido la auténtica heroína y nos quedamos sin conocer su punto de vista. Sólo vemos la alegría del marido que celebra tener a su servicio a su fiel esposa. Una felicidad que hace olvidar la cobardía y el oportunismo que lo han caracterizado a lo largo del relato.
Por otra parte, este conservador retrato de fidelidad abre la puerta a la pregunta por el egoísmo y es aquí donde nos interesa Eurípides. A diferencia de Esquilo y Sófocles, de quienes conservamos siete tragedias de cada uno, de Eurípides contamos diecisiete tragedias que con toda seguridad son de su autoría y el único drama satírico que nos ha legado la posteridad: El Cíclope. Es mucho más que el machismo (que por supuesto no concluye con los antiguos griegos) lo que garantiza este cuidado por parte de la Historia a la obra de Eurípides. Aunque sus resultados son bastante desiguales —sobre todo si lo comparamos a su contemporáneo Sófocles— sus planteamientos y propuestas dejan abiertas preguntas y proponen puntos de vista para los narradores y dramaturgos del futuro.
Es bastante sencillo concluir que el egoísmo puede ser un resultado de la propiedad privada ya que hay pocas opciones de verlo como una actitud natural. Que sepamos, no está presente entre los animales (a menos que creamos en memes) y los bebés y niños pequeños parecen mostrar lo contrario: una orgánica inclinación a compartir que empieza a distorsionarse cuando aprenden la palabra “mío”. Sin embargo, durante siglos es un tema menor en la tradición literaria. El egoísmo de Agamenón despierta la cólera de Aquiles pero Ilíada se centra en el segundo y, el primero, en la medida en la que ve cómo aumentan los muertos y heridos en sus filas, reconsidera su posición con respecto al hijo de Tetis. De hecho, antes de empezar a cobrar protagonismo en el siglo XIX, pasa por el filtro del romanticismo que lo confronta con sus búsquedas alrededor del individuo. El desarrollo del capitalismo despertará complejas preguntas al respecto y sus defensores llegarán a elevarlo a categoría de valor, y a proponerlo como parte de la “naturaleza humana”, a partir de reciclajes de Maquiavelo y Hobbes.
El egoísmo que encontramos en Alcestis, hoy en día, nos parece natural: ¿quién quiere dar la vida por otro? ¿No queremos todos llegar a viejos? ¿No aspiramos a una vida prolongada y sin problemas? ¿No es lo que deseamos a otros en cada cumpleaños? Hoy, en tiempos de COVID-19, la pregunta tiene alcances éticos en la práctica. En países como Colombia no se cuenta con suficientes equipo ni personal especializado para atender el ingente e impreciso número de casos de este virus. Los profesionales de la salud, carentes de una guía efectiva por parte del Gobierno y de recursos suficientes para hacer esta meta posible, deben tomar en cuestión de segundos complejas decisiones éticas. No hay tiempo ni posibilidades de preguntar quién quiere arriesgar su vida. El resultado de tres milenios de reflexión ética y más de dos siglos de medicina moderna debe aplicarse bajo presión en un instante.
Lo más absurdo de todo esto son esos dos o tres siglos de medicina moderna. De hecho, sólo lo desarrollado en el último siglo, supera significativamente a toda la historia anterior de la medicina. Sin embargo, aquí estamos muriendo como bajo las saetas del flechador Apolo, unos encima de otros por una enfermedad que, al parecer, puede controlarse si se reducen los niveles de contagio a través de estrictas cuarentenas. Pero esta solución sólo se ha aplicado parcialmente. Esta sencilla acción exige una planificación y organización económica que atenta contra todos los intereses del capitalismo que es, él sí, por naturaleza, egoísta. Claro, hace treinta años se nos hacía creer que ese egoísmo era para todos y que unos los podían hacer realidad y otro no. Hoy sabemos que por el derecho a ser egoístas también hay que pagar. ¿Pero cuáles son los beneficios? ¿El placer individual a cambio del riesgo de que es extinga la especie? ¿Desarrollar tecnología que luego no podemos aprovechar? ¿Negarnos a vivir mejor simplemente porque no es rentable?
Hace treinta años se nos hizo creer que ya el mundo era libre y que todos podíamos sobrevivir a él con disciplina y esfuerzo, incluso si éramos tontos. Ahí está Forrest Gump de ejemplo, pero también otra serie de títulos que inspiran la idea de que a lo mejor la vida no exige tantas preguntas sino sólo mantener cierto rigor y seguir algunos principios básicos. Incluso, desde esos días se promueve como algo respetable enseñar el difícil arte de narrar como el resultado de seguir unos ciertos principios básicos y respetar determinadas estructuras.
Hoy nada de esto está funcionando. Realmente es el momento de entrenarnos en el difícil proceso de llegar a las preguntas difíciles. No las que nos llevan automáticamente a una respuesta ágil y tranquilizadora, sino las que abren la puerta a otras preguntas, las que nos obligan a leer lo que no sabíamos que existía, que nos llevan a interrogar a quienes no conocíamos, que nos llevan a profundidades desconocidas. En una palabra, es hora de llevar a la práctica cotidiana estos tres milenios de pensamiento racional que llevamos acumulados tras nosotros. Insistir en el impulso pasional de la primera impresión, quedarnos con la idea repetida, mantenernos en la fidelidad a un líder sin conocer los intereses que lo respaldan o el soporte de sus ideas es condenarnos a muerte.
En estos tiempos, no hay espacio para el conocimiento bajo el egoísmo. El desarrollo del saber ha demostrado que necesita multiplicarse en las mentes de muchos y de mantener su dinamismo entre los seres humanos para crecer, servirnos y hacer nuestra vida mejor. La ignorancia, en cambio, nunca ha ayudado a nadie.
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