El narrador. Segunda parte: Ese dios que queremos ser
Por: Diego Beltrán
“Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío,
tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya,
conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes.”
Odisea. Homero. Trad.: José Manuel Pabón.
A la única mente que tenemos acceso es a la nuestra, sólo somos responsables de nuestras acciones, fantaseamos con adivinar lo que los demás piensan y hacen pero apenas podemos imaginarlo. Así es la cosa en el mundo real, pero en la ficción tenemos el privilegio de acceder a la mente de todos los personajes que queramos, es una ventaja que descubrimos hace miles de años y que desde que comenzamos a usarla no hemos parado de aprovecharla. Cuán cómodo resultaba para los aedos griegos el enaltecer a sus héroes y grandes gestas desde el intachable punto de vista de las Musas y dioses, capaces de verlo todo desde el Olimpo. Nadie los ponía en duda, todo lo que dijeran u opinaran era aceptado sin chistar.
Ese es el privilegio conseguido con el narrador omnisciente, también conocido como tercera persona, nos permite convertimos en dioses y desde un altar ver todo de nuestros personajes: sus corrientes de pensamiento, sus decisiones, sus interacciones, el tiempo en el que se mueven o han movido, los espacios que recorrieron, recorren o recorrerán; en fin, todo lo que exija el argumento. Su atractivo y popularidad, en parte inducido por su enorme tradición, convierten a esta figura narrativa en una de las más utilizadas, sin embargo, mal empleada puede dibujarnos cascarones con movimientos pero sin mundo interior, o contarnos más de lo que debería, o alejarnos de las acciones más importantes y dramáticas.
Las descripciones versadas de Ilíada, por ejemplo, hacen gala de la potencia física de los aqueos y troyanos enzarzados en la épica contienda, pero parece incapaz de representar el interior de los mismos con una claridad semejante. Emociones básicas como la alegría o la tristeza se relatan de manera torpe en muchas de sus líneas. Esta limitación se debía principalmente a la juventud de la sociedad griega y a la ignota comprensión del concepto de individuo que manejaban, pero también es el resultado de las limitaciones propias del narrador que le imposibilitaban a quien escribía un acercamiento más intimo a su sus protagonistas. Pero, como comentamos en nuestro artículo anterior el transcurrir histórico ha marcado los cambios de nuestra manera de ver el mundo y con él la forma en que lo interpretamos a través del arte. A propósito, señala Janet Burroway:
“…la evolución de los movimientos literarios ha sido, por un lado, de los personajes heroicos a los comunes, y por el otro, de la acción a la mente, los autores del siglo XX han evitado ampliamente la posición de la omnisciencia semejante a la de Dios y han decidido limitarse a áreas menores del conocimiento.”
La necesidad de entrar en la cabeza de los personajes generó nuevos enfoques narrativos, perfeccionando y haciendo más complejas las formas dramáticas. La novela aportó a esta transformación al convertir la omnisciencia en su voz principal y acomodándola a sus propios progresos. Grandes obras como Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, La guerra y la paz de León Tolstoi, Madame Bovary de Gustave Flaubert, y El ruido y la furia de William Faulkner, dan muestra de esto exponiendo en sus páginas voces narradoras cada vez más distanciadas del punto de vista autoral.
En consecuencia, y dependiendo del autor o autora, la tercera persona se categoriza de la siguiente forma: omnisciente personal o impersonal, omnisciente limitado, punto de vista de múltiples personajes y punto de vista dramático o externo.
Los casos donde quien escribe tiene más libertad para moverse en el escenario serían los omniscientes, personal e impersonal; siendo el primero donde el autor hace evidente su presencia al comunicar su opinión abiertamente, quebrando, con esa acción, la magia del trance narrativo; mientras que en el segundo decide tomar distancia y asume la voz de un personaje, o la propia, pero sin mostrarse. En el caso del omnisciente limitado, por otra parte, este se priva de conocerlo todo, acercándose a un único personaje, pero sin entregarle la batuta de la narración, mostrándonos sus pensamientos más íntimos y sus diálogos internos, concediendo a los lectores o espectadores una visón entre lo externo y lo interno. En lo que respecta al punto de vista de múltiples personajes son las voces de aquellos que habitan el relato las predominantes, sólo de vez en cuando el narrador-autor habla y da descripciones objetivas. Por último, el punto de vista dramático o externo se cuenta desde afuera, con muchas descripciones objetivas y sin dar a conocer ni un pensamiento de ninguno de los personajes la subjetividad queda completamente negada para esta voz.
A medida que ocultamos nuestra presencia obligamos a nuestros protagonistas a contarse a sí mismos desde una mirada externa, haciéndoles tomar posiciones incómodas. Asimismo, al ubicarnos fuera de la escena podemos prestar más atención al suceso, es decir a la acción dramática más pura. El sufrimiento de un hombre ante su desgracia es ciego y terrible, pero puede resultar ilustrativo y lleno de ironía para ojos externos. Esa sensación la logra la distancia y tiene más efectividad si surge de la auto-ironía, o sea si el personaje se narra sin ser consciente de ello. Por eso, es deber de quienes buscamos contar historias el saber alejarnos lo suficiente para explorar las contradicciones y trazos sardónicos en el interior del argumento y, al hallarlos, comprender con qué voz plasmarlos.
Hoy recibimos un llamado de atención cuando el desenlace de los acontecimientos nos ha llevado a una crisis y es está la que ha decidido contarnos con una inclemencia maldita, poniendo de relieve los principales problemas del sistema que nos rige y los defectos de nuestra sociedad. La ironía ha aparecido frente a nosotros fracturando los pilares fundamentales del sistema que creíamos tan sólidos. Algo que nos estaba haciendo falta, pues nos han querido volver personajes vacíos de emociones, voz y memoria.
Querer asumir la posición de un dios que juzga no es tarea fácil y a estas alturas de la historia humana resulta poco verosímil. Cuando miramos el mundo en el que nos encontramos es difícil creer en seres mitológicos o místicos. Nos asomamos al abismo y dentro sólo vemos oscuridad. Las personas del común, esas que tienen que trabajar día a día para proveerse su comida, crean sus propios destinos a fuerza y pulso sin necesidad de que seres de otros mundos intervengan. Por eso gran parte del público actual es escéptico y pone en duda al narrador omnisciente clásico que pretende conocerlo todo y que lo cuenta desde una posición privilegiada. Prefieren conocer las historias de primera mano. Puede que eso explique el por qué le está costando tanto a la gran industria creativa inventar nuevos mitos y no se cansa de explotar los ya contados. Con eso no sólo se asegura una entrada fija de dinero, sino que también perpetúa estereotipos de narración y narradores; perpetúa su punto de vista y con él el del sistema que representa.
Nosotros creemos importante la exploración de voces y narradores desde una perspectiva crítica, buscando ironía en los relatos y realidad en los sucesos. No pretendemos eliminar tradiciones de un plumazo, por el contrario somos conscientes de que a nuestras espaldas tenemos siglos de experiencia narrativa con búsquedas similares, pero también sabemos que frente a nosotros tenemos multitud de voces con intención de contar y ser contadas. Es hora, entonces, de enfrentar la hoja en blanco y comenzar a escribir.
Cualquier comentario, aporte o crítica será bienvenida. Pueden hacerlas llegar por nuestro correo electrónico o en nuestras sesiones semanales de los sábados donde discutimos y analizamos los temas y obras fundamentales de la dramaturgia, la narración y la cinematografía. Para asistir pueden escribirnos. Todos sus aportes son importantes para nuestro colectivo.
Presentaré algunas consideraciones a propósito del texto escrito por Diego Andrés documento adjunto en el correo de MUSA
ResponderEliminarMuchas gracias por sus aportes. Son muy importantes para nosotros.
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