MEDEA: TRAICIÓN Y CRIMEN (II)
Por: Jonathan Fortich
El infanticidio es aterrador por dónde se le mire. Más aún si es ejecutado por el progenitor. Es comprensible el impacto que el final de Medea tuvo para los atenienses. Pero, ¿recuerdan que Agamenón sacrificó a su hija Ifigenia? Sin embargo, vemos a Agamenón como un héroe cuya muerte ha de ser vengada por su hijo Orestes, y esto implica matar a su madre, la siempre malvada Clitemnestra. Su maldad: entregarse a su amante Egisto mientras Agamenón, su esposo y asesino de su hija, hacía la guerra, y tenía amantes, varias.
Así, para aquel público no había dolor en las mujeres que justificase matar a un niño pero era una acción comprensible si se hacía obedeciendo a un designio divino para satisfacer una ambición política. No parece que el curso correcto sea la condena de Medea o de Eurípides. En todo caso, habría que empezar por la sociedad existente. Sugerimos, mejor, acercarnos a la construcción de un personaje que resulta de un punto de vista trágico. Aristóteles diría de Eurípides que: “(…) aunque no administra bien los demás recursos, se muestra, no obstante, el más trágico de los poetas.”[1] Y este punto de vista trágico, se aviene con nuestra búsqueda de contrastar esta tradición del drama con las realidades de Colombia y Nuestra América, que son trágicas en más de un sentido.
La acción comienza —recordemos— con la Nodriza; es decir, la esclava encargada de amamantar a los lactantes. En su primera frase expresa su deseo de que Jasón no hubiese llegado en su nave Argos a Cólquide (actual Georgia), tierra natal de Medea en la que reinaba su padre Aetes, que nunca hubiese caído el pino con el que se construyó la embarcación en la que el amante de su señora emprendió la búsqueda del vellocino de oro. Lo primero que nos informa la obra es que, de acuerdo a quien mejor conoce a la protagonista y sus intimidades, el punto de partida de todas las desgracias de la protagonista es la aparición en su vida de Jasón. Los males que se hacen notar en primer lugar son la pérdida de la condición social privilegiada y el desarraigo.
Nos enteramos en la siguiente frase de la Nodriza, que el amor de Medea por Jasón está marcado por el crimen. Este sentimiento la llevo a persuadir “(…) a las hijas de Pelias a matar a su padre, (…)”[2] Pelias había despojado del trono de Yolco (una ciudad Tesalia) a su hermanastro Esón, el padre de Jasón. Éste, al cumplir los veinte años, le reclama el trono a su tío y este le pone la tarea de ir a Cólquide por el vellocino de oro; es decir, una piel curtida que conserva la lana y cuya áurea condición se explica porque perteneció al carnero alado Crisómalo. Pelias no contaba con el éxito de Jasón y se niega a entregar el trono. Medea, entonces, convence a las hijas de Pelias de que descuarticen a su padre y lo pongan a cocer para que, de este modo, recobre su juventud. Tal cosa, naturalmente, no pasa. Y aquí aparece un primer elemento que hace el personaje de Medea difícil de juzgar. ¿Vemos aquí a una persona cuya crueldad no conoce límites o es alguien que castiga las malas acciones con severidad? ¿Es simplemente una mala persona o es alguien que ha respondido a un entorno violento con un sentido de la justicia implacable? ¿Estamos presenciando la crueldad de la venganza o las consecuencias de una reflexión que se concentra en una precisa correspondencia entre la mala acción y su castigo? En caso de que haya espacio para seguir juzgando a Medea sin tomar en cuenta su situación, repasemos el cierre de la segunda oración de la Nodriza: “(…) la mejor salvaguarda radica en que una mujer no discrepe de su marido.”[3]
Pero aún no llegamos al conflicto. Es hasta la tercera oración que la Nodriza nos cuenta que Jasón “(…) yace en lecho real, después de haber tomado como esposa a la hija de Creonte, que reina sobre esta tierra.”[4] Es decir, por amor a Jasón, Medea ha abandonado a su reino y a su padre, ha renunciado a su condición de princesa para convertirse en fugitiva, ha apelado al cruel engaño para castigar al enemigo de su amante. Él, en cambio, la abandona a su suerte por irse con otra. Una que está en una condición similar a la que ella renunció por amor. La Nodriza nos deja muy claro que el dolor que produce el ultraje de Jasón, lleva a Medea a odiar a sus hijos. Desde el comienzo de la obra, la Nodriza teme por la suerte de los pequeños. Conoce a su dueña y sabe que es de temer y de alma violenta.
En la primera intervención de la obra, la tragedia queda anunciada. Todas las condiciones están dadas para que el desarrollo de los hechos lleve a una conclusión desgraciada. Los temores de la Nodriza son un presagio del final y nuestra experiencia como espectadores o lectores será apreciar cómo, a pesar de todas las voluntades que se interponen, esos temores se hacen realidad. No se equivocaba Aristóteles al llamar a Eurípides el más trágico de los poetas. Ciertamente exageró en el ataque a sus métodos, pero no era fácil entender a quien se adelantaba a su tiempo, tanto, que parece que es Eurípides quien sienta las bases de la literatura del siglo XIX. Esa de la que aún los narradores contemporáneos no han podido liberarse.
El diálogo de la Nodriza concluye con el anuncio de la llegada de los hijos de su señora, acompañados del Pedagogo. Hoy, esta palabra designa a los profesionales e investigadores de la educación pero en aquellos días se refería al esclavo encargado de llevar a los niños a las clases con el maestro (didáskalos; διδάσκαλος). La etimología de paidagogós (παιδαγωγός) resulta de los vocablos παῖς (paîs, “niño”) y ᾰ̓γωγός (agōgós, “guía, acompañante”). Los niños no tienen diálogo, quizá los actores empleaban muñecos para representarlos. Lo que tenemos entonces es un prólogo entre dos esclavos, una situación más propia de la comedia. Pero estos dos esclavos no resultan ser una encarnación de vicios. Son adultos mayores, hablan desde la experiencia de los años y su nivel de compasión es tal que sienten y se ven afectados por las desgracias de su señora. Sí, es la desagradable figura del esclavo fiel que hoy nos resulta tan de mal gusto, pero también es atreverse a mostrar virtudes desde seres “inferiores”. Realmente Eurípides es un autor que se atreve a explorar los límites de su arte y a correr riesgos.
La compasión que nos inspiran los esclavos que sufren el dolor de su señora, aumenta al enterarnos por el Pedagogo de una nueva desgracia: Creonte, ha decidido expulsar a Medea de Corinto. Es decir, será ahora doblemente desterrada. La reacción natural de la Nodriza es preguntar por la posición de Jasón y el Pedagogo le expone los hechos propios de quien no ha tenido otra guía en su vida adulta que su ambición:
“PEDAGOGO. — Las antiguas alianzas ceden el paso a las nuevas y aquél ya no es amigo de esta casa.
NODRIZA. — Estamos perdidos, si un nuevo mal añadimos al antiguo, antes de haber apurado este presente.”[5]
Tras oír al Pedagogo instarla a que se tranquilice, la Nodriza les señala a los niños la catadura moral del padre, el Pedagogo le recuerda que Jasón no es peor que otros mortales en un contexto donde “(…) todo el mundo se ama más a sí mismo que a su prójimo, (…)”[6] Estas palabras no reciben réplica de la Nodriza. Contienen una verdad tan amarga como cierta. Lo único que queda es enviar a los niños dentro y pedir al pedagogo que los mantenga lejos de la madre. Así, concluye el prólogo. Luego seguiría el párodo (πάροδος); es decir, la entrada del coro. Pero antes de que ingresen a escena las mujeres que lo componen, oímos desde dentro la voz de Medea.
Los poetas trágicos habían descubierto que las muertes resultaban más aterradoras por el oído que por la vista. Así, no vemos muertes en escenas pero podemos oír los gritos de dolor de quien se despide de la vida, o el relato detallado de cómo se dieron los hechos que pusieron fin a sus días. Aquí, el recurso es empleado, no para contar la muerte de un personaje, sino para presentarlo. La Nodriza nos ha dado cuenta del carácter violento de su ama, el Pedagogo ha sabido mostrar con la crudeza de los hechos lo desesperado de la situación, nos han dejado con el alma en vilo esperando la reacción de Medea; a ella no la hemos visto pero sí el temor que inspira en sus más fieles sirvientes. De repente, la escuchamos lamentarse desde dentro de la casa de sus sufrimientos. Esto sólo aumenta la ansiedad y la desesperación de la Nodriza que apresura la marcha del Pedagogo y los niños. Los ayes de Medea continúan, y son estos los que motivarán al Coro de mujeres a acercarse.
Hasta este punto nos encontramos en el v. 114 de una obra cuya extensión es de 1.419 versos. No hemos llegado a la décima parte del texto y ya encontramos nuestras emociones enfrentadas a nuestra racionalidad. Nuestro sentido moral empieza a llenarse de dudas. ¿No es esta una experiencia estética totalmente contemporánea?
Entonces, no pierdan la oportunidad de vivirla y revivirla. Este es el momento de buscar a Medea, entregarse al desarrollo de la acción y dejarse llevar por ella hasta llegar a esa imagen final para la que nunca se está preparado. Sería muy grato para nosotros si, además, nos comparten sus experiencias con esta obra de Eurípides.
Gracias por acompañarnos. Son ustedes nuestra mejor guía.
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