EDIPO REY: EL IMPULSO DE LA SOBERBIA (II)
Por: Jonathan Fortich
De acuerdo a los mitos griegos, fue Cadmo quien fundó Tebas. Sus abuelos paternos fueron Libia y Poseidón. Habría una línea directa de consanguinidad entre Cadmo y Edipo que al principio de la obra nuestro protagonista desconoce. En las primeras palabras que pronuncia llama a sus súbditos hijos pero se entiende que se vale de una vieja fórmula patriarcal. Empero, no deja de ser una atractiva paradoja para un público que está familiarizado con los personajes y los hechos descritos en la trama.
En el prólogo, Edipo, en diálogo con el sacerdote de Zeus, concluye confiar en el concepto de Apolo. Este llega con Creonte y, tan pronto informa que el designio del dios es desterrar o ejecutar a un asesino que debe ser buscado en la ciudad, el rey inicia una serie de preguntas que, al relacionarse con la búsqueda de la identidad de un criminal, nos introduce en una ficción detectivesca ya notada por García Márquez.
El contenido de los versos 95-112 nos muestra en lo sutil el funcionamiento de la soberbia de Edipo. Los primeros diez versos de ese fragmento reportan una buena noticia. Luego, las palabras de Creonte están marcadas por el gran motivo recurrente de la tragedia griega: tomar venganza de los culpables con violencia. Se sucede una pregunta —esta vez obvia— sobre la identidad de la víctima. Al enterarse que se trata de Layo, Edipo le dice a Creonte que nunca lo vio. Una paradoja mucho más evidente. Es de resaltar que no estamos ante una conferencia privada. La información recibida por el oráculo es compartida al tiempo con el rey y con el pueblo. Y es delante del pueblo que el rey inicia las indagaciones destinadas a dar con la identidad del criminal.
En principio, la obra pareciera sugerirnos a la democracia ateniense pero resulta más cercana al modelo de democracia militar sugerido en Ilíada. No perdamos de vista que, si hiciésemos una cronología fantástica, los eventos del ciclo tebano serían anteriores a los descritos en los poemas homéricos. Afirmamos esto basados en la presencia de Euríalo. De él, nos dice Homero que fue hijo de Mecisteo, “que una vez había ido a Tebas después de la caída de Edipo (…)”[1] Podemos entonces considerar con cierta perspectiva histórica que Edipo, más que tirano fue un basileus como Agamenón.
“En la Ilíada, el jefe de los hombres, Agamenón, aparece no como el rey supremo de los griegos, sino como el general en jefe de un ejército confederado ante una ciudad sitiada. Y Ulises, cuando estallan disensiones entre los griegos, apela a esta calidad en el famoso pasaje: «No es bueno el caudillaje de muchos; sea uno solo caudillo, / uno solo el rey, (…)».”
“Ulises no da aquí una conferencia acerca de la forma de gobierno, sino que pide que se obedezca al general en jefe en campaña. Entre los griegos, que no aparecen ante Troya más que como ejército, el orden imperante en el ágora es bastante democrático.”[2]
Así, tiene sentido que el sacerdote de Zeus considere a Edipo “el primero de los hombres en los sucesos de la vida”[3] En esta medida, se comprende esta discusión pública que, en nuestras democracias modernas, sería impensable. Hoy, los problemas importantes se discuten a puerta cerrada y los demás nos enteramos por los boletines de prensa que reproducen los medios y que, en tiempos más recientes, pueden ser tan ilustrativos como un trino de Twitter.
De vuelta a la obra, llegamos a la formulación de la orden de Febo: “Él [Layo] murió y ahora [Apolo] nos prescribe claramente que tomemos venganza de los culpables con violencia.” Y es probable que esta última palabra despierte belicosos instintos en Edipo pero podemos pensar que su inteligencia funciona como un contrapeso a su soberbia, entonces se orienta a la natural pregunta por el paradero de los culpables. Las opciones pueden ser infinitas; sin embargo, Creonte le confirma que, según el oráculo, está en Tebas quien cometió el crimen.
Las palabras con las que remata Creonte su diálogo hacen nacer en Edipo a un auténtico detective. Anuncia un oficio del futuro. Este término de origen inglés tiene como base la palabra detect; derivada a su vez del latín detectus, participio pasado de detegere que sería literalmente “descubrir” o “retirar la cubierta”. Llama la atención que sólo hasta ahora se decida indagar sobre la muerte del rey anterior, cuando ya la viuda ha parido hijos.
Edipo, en ese caso, tiene una reputación que cuidar. Gracias a su inteligencia fue hecho rey. Sus súbditos confían en él por esta capacidad. Ahora necesitan que la emplee para salvarles. Esta vez debería ser más fácil. Aquella vez se trataba de enfrentar a una criatura enviada por una deidad, ahora se trata de ubicar a un mortal que sabe que está en el territorio sobre el que gobierna. ¿Qué podría salir mal?
Así, inicia Edipo a reconstruir los hechos indagando por el lugar donde se dio el regicidio. Creonte no tiene una respuesta sobre el lugar donde se dieron los hechos. Sólo sabe que Layo fue muerto luego de haber ido a consultar al oráculo. Retrocedemos a Delfos, el lugar de donde ha llegado la orden de Apolo. Edipo intenta avanzar preguntando por testigos y Creonte le replica que sólo conoce el testimonio de un sobreviviente. Y aquí Edipo vuelve a una de esas expresiones de sabiduría que parecen condenarlo. Al oír que sólo hay una cosa en ese testimonio, dice a Creonte que “(…) una sola podría proporcionarnos el conocimiento de muchas, si consiguiéramos un pequeño principio de esperanza.”[4] Edipo busca “retirar la cubierta” y sus primeros movimientos en este sentido son, indagar por el lugar donde ocurrió el hecho y la existencia de testigos.
Según dicho testimonio, “(…) unos ladrones con los que se tropezaron le dieron muerte, no con el rigor de una sola mano, sino de muchas.” Pero esto trae más dudas que aportar información. A Edipo le intriga una audacia del ladrón que sólo cree posible si hubiese hecho planes desde Tebas con dinero. Creonte le cuenta que también creyeron eso pero nadie apareció para vengar a Layo. Y aquí Edipo formula una pregunta que ya nos había llegado, ¿qué impidió averiguar por la muerte de Layo y vengarla? La respuesta es La Esfinge: “(…) nos determinaba a atender a lo que nos estaba saliendo al paso, dejando de lado lo que no teníamos a la vista.” Edipo vuelve entonces a su políticamente correcta soberbia, comprometiéndose a vengar la muerte de su antecesor. Y otra vez su sabia lengua lo condena. La contradicción es tal que sentimos que si Sófocles la hubiera incrementado un poco más, tendríamos una incómoda y provocadora experiencia de comedia negra: “Pues no para defensa de lejanos amigos sino de mí mismo alejaré yo en persona esta mancha. El que fuera el asesino de aquél tal vez también de mí podría querer vengarse con violencia semejante. Así, pues, auxiliando a aquél me ayudó a mí mismo.”[5] Edipo despacha al pueblo tebano reiterando un compromiso que dice que llevará hasta las últimas consecuencias. Dicho esto, Entra a palacio acompañado de Creonte. El sacerdote se recoge en las palabras de Edipo expresando el sometimiento del poder religioso al poder político. El prólogo concluye con un movimiento inverso al de su inicio. Pasamos de un pueblo liderado por un sacerdote que suplica desesperado a un rey que está por salir, al mismo grupo retirándose con el alivio de la esperanza en su monarca y en la deidad.
La escena se libera antes de la entrada del coro de ancianos tebanos. La parte de la tragedia que se conoce como párodo (πάροδος, párodos); literalmente, “entrada”. Este término se aplicaba, tanto a esta parte de la tragedia en la que el coro (χορός, choros) hacia su entrada, como al lugar físico por donde efectivamente este grupo de actores hacia su ingreso a la orquesta (ὀρχήστρα, orchéstra ), el lugar ubicado para ellos ante el proscenio, lo que esta “frente a la escena”. Pero sobre eso continuaremos en nuestra siguiente entrega.
[1] Homero. Ilíada. Trad.: Emilio Crespo Güemes. Madrid: Editorial Gredos, p. 576
[2] Karl Marx. En: Friedrich Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. Madrid: Fundación Federico Engels, 2006. p. 114. La cita de Homero, Ibíd, p. 129.
[3] Edipo Rey, vv. 31-35. En: Sófocles. Tragedias. Trad.: A. Alamillo. Madrid: RBA, 2006. p. 201.
[4] Ibíd. p. 204.
[5] Ibíd.
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