HIPÓLITO: LA ILUSIÓN DE LA VIRTUD (I)
Por Jonathan Fortich
Lawrence Alma-Tadema. La muerte de Hipólito, 1860
Eurípides estrena Hipólito en el 428 a.n.e.; contaría el poeta unos cincuenta y seis años de vida. Esta obra aborda el tema de la virtud enfrentada al deseo.
La acción ocurre en Trozén, frente al palacio de Teseo, que vive exiliado allí, haciendo purificación por haber matado a sus primos. La diosa Afrodita, celosa del culto que Hipólito, hijo de Teseo y de la amazona Hipólita, le rinde a Ártemis, ha hecho que Fedra, segunda esposa de Teseo, se enamore del casto joven. Fedra le confiesa a su Nodriza el amor que siente por Hipólito, ella insta a su ama a seguir su deseo y se compromete a ayudarla. Ante las insinuaciones de la Nodriza, Hipólito se marcha ofendido por este ataque a su virtud. Fedra lo escucha en secreto y, en su desesperación, toma la decisión de suicidarse y poner en la respectiva nota que Hipólito se acostó con ella.
El Coro de mujeres de Trozén se lamenta por la suerte de Fedra. La Nodriza anuncia que su ama se ha ahorcado. Teseo llega, ve el cadáver y encuentra en él la tablilla que acusa a su hijo. Éste llega y su padre le decreta el destierro luego de acusarle de haber deshonrado su lecho. Hipólito insiste en su castidad pero su padre se sustenta en lo que dice la tablilla. Hipólito se marcha. El Coro se compadece de él. Y detenemos un momento nuestro resumen para exponer algunas reflexiones.
Hasta ahora hemos intentando establecer un diálogo entre una selección de obras de la Antigüedad y nuestro mundo contemporáneo. Hipólito nos guía por una senda que, más que aterrizarnos en la realidad, parece llevarnos al mundo de las ideas. ¿Es quizá porque la búsqueda de la virtud es ajena a nuestro tiempo? ¿O es la obra una ceremonia de sacrificio en la que nos despedimos de un pasado ya muerto? ¿Quizá la materia evoluciona mientras que las ideas permanecen eternas e inmutables?
La primera presencia de la obra es Afrodita, diosa que nació en Chipre, de en medio de la blanca espuma que surgía del miembro de Urano. Entre sus atribuciones están "(...) las intimidades con doncellas, las sonrisas, los engaños, el dulce placer, el amor y la dulzura."(Hesíodo. Teogonía, 203-306). Vale aclarar que el amor sexual individual o "amor romántico" de nuestros tiempos es muy distinto al de la Antigüedad Clásica y, de hecho, a cualquier período anterior. Desde nuestras idealizaciones contemporáneas, lo que los griegos llamaban amor nos puede parecer el más básico deseo sexual hacia un ser humano inspirado por su belleza exterior. Hoy en día entenderíamos esto como propio, quizá, de los adolescentes y ridículo en un adulto educado. ¿Por qué rendirle culto a un impulso tan primitivo? Porque cuando surge entre hombres y mujeres, da lugar a la reproducción de la especie. Mientras que el crecimiento demográfico es visto hoy por muchos como un problema, durante la mayor parte de nuestra historia fue una meta a conquistar para garantizar nuestra supervivencia como especie. De hecho, los orígenes del arte y su desarrollo posterior se conectan en más de un sentido con la fertilidad. Por otra parte, no hay lugar para nuestro amor moderno en la Antigua Grecia, basada en un sistema esclavista que responde a unas estructuras familiares mucho más complejas y es mucho más opresor con la mujer que nuestra moderna sociedad burguesa que, al final, destruye y mantiene elementos de la tradición patriarcal de acuerdo a sus intereses.
Afrodita —que se presenta como una diosa poderosa— dice que ella, al igual que todos los dioses, necesita ser honrada por los hombres. Al ser la divinización del deseo, sus impulsos son egoístas y, aunque lo niega, siente celos de Ártemis porque recibe todos los honores de Hipólito mientras que a ella la trata con desdén. Aunque el poeta no lo enfatiza, podemos entender que Hipólito es bello: hijo de un padre privilegiado y con un cuerpo educado por el arte y la actividad física. Y es una afrenta para el deseo ser repudiado por la belleza, aunque en este caso es sólo el aspecto de la virtud.
Fedra es el instrumento que emplea Afrodita para castigar a Hipólito por su desdén. Contrario al amor moderno, lleno de voluntad individual, aquí ese "arrebato del corazón" surge de un plan divino. El fatal resultado está decidido desde un comienzo: Fedra habrá de morir; para Afrodita, la satisfacción que espera de su enemigo, está por encima de cualquier consideración que pueda tener por Fedra que, "(...) junto a la roca misma de Palas, visible desde esta tierra, fundó un templo de Cipris, encendida de amor por el extranjero. Y, al erigirlo, le ponía el nombre de la diosa (...)" (vv. 30-34. En: Eurípides. Tragedias I. Madrid: Gredos, 2000. p. 184.) Es decir, el deseo exige ser honrado pero esto no implica que los honores que se le rindan serán correspondidos o recompensados. De otra parte, valiéndose de una de las maldiciones que le regaló Posidón, "batidor de la tierra", Teseo matará a su hijo. Casi un proceso inverso al de Edipo y que, en cierta medida, puede resultar más aterrador. Edipo mata a Layo creyéndole un desconocido; Teseo, en cambio, se vale de un don divino para que muera uno que reconoce como su hijo. Ambos son guiados por un impulso ciego: la soberbia, en el caso del rey de Tebas, y, en en cuanto al padre de Hipólito, un dolor por la pérdida del objeto de deseo que es mayor que el amor por su hijo.
Afrodita anuncia a los espectadores (a los mortales) su partida luego de ver a Hipólito. Oye (¿oímos?) los himnos en honor de Ártemis que entonan los servidores del muchacho. Recuerda la ignorancia del joven sobre su próxima muerte. El poeta nos presenta el deseo siendo egoísta, hipócrita, envidioso, tramposo, malvado y cruel. Casi nos anuncia a Platón y sus dudas sobre la felicidad de quien se entrega a la satisfacción de sus deseos.
La imagen anterior contrasta con la que traen los cantos del Coro de cazadores y le da sentido a la reacción de Afrodita. Aquellos cantan a la virtuosa Ártemis acompañando a Hipólito que lleva una "(...) corona trenzada con flores de una pradera intacta, en la cual ni el pastor tiene por digno apacentar sus rebaños, ni nunca penetró el hierro; sólo la abeja primaveral recorre este prado virgen." (vv. 74-48. Ibíd, p. 186.) Para quienes han leído los textos que hemos venido reseñando, hay un claro antecedente de nuestro protagonista en Enkidu, personaje del Gilgamesh.
"La diosa Aruru se lavó las manos,
tomó un pellizco de barro, lo arrojó a lo salvaje.
En lo salvaje creó a Enkidu, el héroe,
retoño del silencio, tejido con fuerza por Ninurta
Todo su cuerpo estaba enmarañado con pelo,
lleva largos bucles como los de una mujer;
el pelo de su cabeza crece grueso como la cebada,
no conoce gente o país alguno.
Revestido en pelo como el dios de los animales,
con las gacelas pasta en los pastizales, (...)"
(I 101-110. The Epic of Gilgamesh. London: Penguin, 1999. p. 5. La traducción es nuestra)
Enkidu será descubierto por un cazador que, aconsejado por su padre, informará a Gilgamesh, rey de Uruk, sobre él. Por orden real, el cazador lleva a la prostituta Shamhat hasta el salvaje y ella le enseña los placeres de la sexualidad. Se entregan a estas actividades durante los seis días y siete noches que se mantiene la erección de Enkidu. Tras esto, es un hombre civilizado y ya ni las gacelas ni ninguno de los animales se atreve a acercarse a Enkidu.
Desde sus orígenes, la virtud tiene un origen divino y se expresa en una convivencia armónica con la naturaleza que sólo es posible en situación de castidad. Por supuesto, los redactores del Génesis bíblico se han copiado descaradamente de esta parte del poema para crear a Adán, quien permanece en una especie de estado de pureza hasta que Eva, convencida por una serpiente parlante, le insta a probar el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Así, la civilización y la consciencia moral para esta tradición no significan un avance; a diferencia de lo que ocurre con Enkidu, que no siente nostalgia alguna por los animales con los que creció, una vez conoce el sexo y la civilización, judíos y cristianos ponen la consciencia como resultado del pecado que conllevó a la expulsión del paraíso. No es de extrañar que la idea del cristiano ejemplar se parezca a un animal obediente y tonto, como la oveja de un rebaño.
Un sirviente le recuerda a Hipólito que hay que honrar a todos los dioses, incluyendo a Afrodita, y esta parece ser la voz de la sensatez que, como corresponde a una buena historia, no es escuchada por nuestro héroe. Otro contraste con el cristianismo donde la entrega total a la virtud es un camino seguro a la salvación. Aquí, la humilde voz del Sirviente nos recuerda que en alguna parte hay que darle su espacio al deseo. Una situación que contrasta con el primer episodio en el que la Nodriza de Fedra invita a su ama a entregarse a su deseo y, en este caso, esa voz sí es escuchada, y por supuesto la decisión hace avanzar esta historia. Continuaremos sobre esto en nuestra próxima entrega.
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