HIPÓLITO: LA ILUSIÓN DE LA VIRTUD (II)
Por Jonathan Fortich
"¿Cómo podría conseguir la bebida de aguas puras de una fuente de rocío y descansar bajo los álamos recostada en un prado frondoso?" (vv. 209-211)"¡Llevadme al monte! Iré hacia el bosque y caminaré entre los pinos, donde corren los perros matadores de animales, persiguiendo a los ciervos moteados. Por los dioses, deseo azuzar a los perros con mis gritos y lanzar, situándola junto a mi rubia cabellera, la jabalina tesalia, sosteniendo en mi mano el puntiagudo dardo." (vv. 215-222)
Nos pregunta un querido lector si puede entenderse la virtud como un valor y el instinto como un "disvalor". Al respecto, citamos las reflexiones de la Nodriza:
"Los mortales deberían contraer entre sí sentimientos amorosos moderados, sin llegar hasta los tuétanos del alma, y los afectos del corazón deberían ser fáciles de desatar para rechazarlos o apartarlos. Pero que un alma se consuma por dos, como ahora sucede, es pesada carga. Dicen que, en la vida, una conducta estricta causa más dolores que alegrías y ataca más a la salud. Por ello tengo en menor consideración el exceso que la moderación; y los sabios compartirán mi opinión." (vv. 254-266.)
La Nodriza busca por muchas maneras desentrañar el misterio de la aflicción de su ama hasta que reconoce estar enamorada de Hipólito. A pesar de lo dicho, el conocimiento de esta verdad, pone a la Nodriza al servicio de Afrodita. Desde el comienzo de la obra sabemos que ella está moviendo los hilos y así, podemos entender este cambio de posición. Por otra parte, es probable que esté movida por cierta compasión ya que conoce la vida de Fedra. Sabe que su matrimonio con Teseo es resultado de un rapto que se dio después de que su marido abandonara a su hermana Ariadna. Quizá la fiel esclava cree que si su ama se deja llevar por el deseo compensaría una vida de opresión, y esto hasta puede ser una manera de vivir en cuerpo ajeno lo que que la sociedad impide realizar en carne propia. Con la Nodriza, asistimos al origen de lo que en la tradición literaria española devendrá en el personaje de "la alcahueta" o "celestina". Por supuesto, también nos anuncia a Shakespeare, pródigo en fieles servidores que ya son parte de la historia del teatro.
Como suele ocurrir, la confianza ciega en las buenas intenciones deviene en desgracia; sobre todo cuando, en nombre de esa buena intención, se pasa por alto el punto de vista del otro. En este caso, por complacer la pasión de su ama, la Nodriza se olvida de la extrema fidelidad de Hipólito a Ártemis y, asimismo, tampoco se plantea si su señora está en disposición de aceptar un rechazo.
Pareciese que, después de todo, la razón corresponde al Sirviente cuando llama a honrar a todos los dioses. Quizá este es el punto que hace que hoy esta obra, vigente en más de un sentido, a su vez nos resulte distante: honrar a todos los dioses no es una opción en estos tiempos en que todos los seres divinos han perdido credibilidad. Ahora, ¿cómo se resuelve todo esto?
Un Mensajero llega y le cuenta a Teseo que Hipólito está herido tras volcarse en su carro y ser arrastrado por entre las rocas. El padre pide que lo traigan. El Coro canta a Afrodita y a Eros, y a su inmenso poder. Encima del palacio aparece Ártemis y le recrimina su actitud a Teseo, le confirma la inocencia de Hipólito y la falsedad de las palabras de Fedra. Hipólito aparece en brazos de sus compañeros cubierto de sangre. Ártemis denuncia la responsabilidad de Afrodita y se compromete a matar al humano que le resulte más querido a la Citerea. Se marcha antes de que Hipólito muera y este, obedeciendo a Ártemis, destruye el resentimiento contra su padre, lo libera del delito de sangre y le pide que sus hijos legítimos sean castos. Muere. Teseo se lamenta de su destino.
Afrodita, aquella primera voz de la obra que mueve a los hombres en términos de "yo quiero", que se presenta poderosa y llena de fama, al final de la obra no da la cara. El deseo es irresponsable. Pero es más fuerte que la virtud, y esta puede hacer muy poco con respecto a la desgracia. Tanto, que ni siquiera puede enfrentar a la muerte: "(...) no me está permitido ver cadáveres ni mancillar mis ojos con los estertores de los agonizantes (...)" (vv. 1437-1439); son las palabras de despedida de Ártemis que, sin embargo, unos versos atrás, ha afirmado que castigará con sus dardos al mortal que a Afrodita le sea más querido. Al final, la virtud puede ser tan incoherente como el deseo. ¿Qué nos queda?
Fascinante,y aún hoy me embarga el drama vivido hace siglos.
ResponderEliminarMuchas gracias por tu comentario. Esperamos poder ayudar en algo a enfrentar ese drama.
EliminarFraternal saludo.