La incertidumbre de un futuro: El cine y la ciencia ficción
Por: Diego Beltrán
"Gracias a los griegos, en el teatro podemos diferenciar la tragedia de la comedia... cuando llegamos a modalidades tales como la máscara, la ópera, el cine, el ballet, las marionetas, los misterios, las moralidades, la commedia dell'arte y el Zauberspiel, nos encontramos en la posición de los médicos del Renacimiento que se negaban a tratar la sífilis porque Galeno nada había dicho sobre ella."
Northrop Frye
Los géneros, tan numerosos y variados, han sido la mejor forma que hemos encontrado para definir el carácter de ciertas narraciones basándonos en el tema principal que les rige y su estructura. El mismo Aristóteles determinó unos pocos fundamentándose, sobre todo, en el final de las obras que podían ser de corte trágico o afortunado. De allí nacerían el drama y la comedia como expresiones del sentir humano más básico. Pero con la evolución de las sociedades humanas nuevas formas de ver el mundo aparecieron afectando al individuo y su interacción con el contexto dando paso así a la creación de más y diversos géneros narrativos que reflejaban los temas de interés de cada época.
Heredera de este largo camino será, justamente, la ciencia ficción, tipo de narración fantástica en la que los avances tecnológicos de la ciencia moderna ocupan especial relevancia. Las primeras grandes obras literarias adjudicadas al género se publicarán a finales del siglo XIX, como respuesta al desarrollo científico que en todos sus campos avanzaba a buen paso transformando el mundo a su alrededor y abriendo camino a una idea de cambio en toda la estructura social del momento. Poco a poco se conjuraría al misticismo y se comprendería, de manera más racional, la realidad. Tomás Moro con su Utopía (1516), Cyrano de Bergerac con su Historia cómica de los estados e imperios de la Luna (1648-1650), Jonathan Swift con Los viajes de Gulliver (1726-1735), o Mary Shelley con Frankenstein o el moderno Prometeo (1823) y muchos más, antes o después, asimilarían este proceso de cambio, no siempre pacífico; abriendo la senda a un punto de vista moderno del que beberán este y otros subgénero. Precisamente será dentro de este aluvión donde nacerán como escritores aquellos a los que Miquel Barceló llamará los padres y fundadores del género: Julio Verne (1828-1905) y H.G. Wells (1866-1946).
Grabado de la primera edición de Utopía, 1516
Será el pensamiento científico de la época el que impregnará a estos primeros autores, quienes harán uso del relato de aventuras para cuestionarse la aportación de la tecnología al futuro de la humanidad. También aprovecharán el terreno fértil para elaborar mitos y arquetipos propios del género que se reproducen hasta el cansancio. Tal vez la más importante diferencia sea la especulación esencialmente científica de Verne frente a la social y filosófica de Wells.
A la par que la ciencia ficción crecía y se fortalecía, sucedía otro gran nacimiento: el del cine. En 1895 La máquina del tiempo se publicó en Gran Bretaña. A fines de ese año, los hermanos Lumière harían la primera función pública del Cinématographe en París. Esta aparente coincidencia es el resultado de un escenario en movimiento, necesitado de medios nuevos para ser contado. Será esa energía creadora de una sociedad en ascenso la forjadora de estos dos elementos conminados a encontrarse.
Georges Méliès, c. 1890
El cine trajo consigo a sus pioneros y pioneras (aunque se suele reconocer poco a las segundas), entre ellos Georges Méliès, mago de profesión que, al descubrir el cinematógrafo, incrementó su valor al experimentar diversas formas de uso dentro de sus espectáculos. Las labores de yuxtaposición de Méliès serían precursoras de las técnicas de narración audiovisual que hoy agrupamos bajo el concepto de montaje. Este nuevo conocimiento, conjugado con su experiencia en el escenario le llevó a crear obras que podemos ubicar en la fantasía, el terror o la ciencia ficción. Ejemplo emblemático es El viaje a la luna (Le Voyage dans la Lune, 1902) cuyo guión elabora a partir de Verne y Wells. Desde entonces, la ciencia ficción y el cine crecen juntos, cada uno descubriendo nuevas formas estéticas y narrativas. Cada avance, por supuesto, está sujeto al movimiento de la Historia.
Hay una merma en la producción de narraciones fantásticas después de la Primera Guerra Mundial. El propio Méliès, de hecho, experimenta la quiebra por esos días. La crudeza de la confrontación militar que acarició todos los límites del horror con el apoyo de los avances tecnológicos del momento, da a entender al mundo que la ciencia al servicio del capitalismo solo sirve a intereses particulares. Son días en los que aumenta el escepticismo y poco puede hacer la fantasía por satisfacer las necesidades estéticas del público.
En ese sentido, la estética expresionista que se construye en los filmes alemanes de los años veinte, resulta ser el espacio óptimo para plantear los conflictos propios de un contexto en el que todas las pesadillas parecen hacerse realidad. Es aquí donde se mantiene vivo el interés por la narración fantástica: como expresión de miedos auténticos. De allí surgirá un aporte fundamental para la ciencia ficción: Metrópolis (Metropolis, 1927) dirigida por Fritz Lang y guión escrito junto a Thea von Harbou, que años más tarde trabajaría para el nazismo.
Fritz Lang, 1969
El avance del fascismo y su excremento cultural fue visto con tan poca hostilidad por la burguesía de los Estados Unidos de América que cuando Mussolini invadió Etiopía en 1935, el gobierno de Roosevelt permitió que sus corporaciones enviasen a Italia enormes cantidades de petróleo. Ante la rebelión de Francisco Franco en 1936 contra la República Española, legalmente constituida, apoyaron una Ley de Neutralidad que tuvo como efecto cortar toda ayuda al gobierno español. (H. Zinn. La otra historia de los Estados Unidos. p. 308). Orson Welles, entonces un jovencísimo director de teatro, que desde julio de 1938 escribía, producía y dirigía para la CBS The Mercury Theatre on the Air, emitió una adaptación de La guerra de los mundos de H. G. Wells que intentaba ser una crítica velada a esa actitud. El impacto de esta transmisión es uno de los eventos mediáticos más importantes de la historia y sería la catapulta que llevaría a Welles a Hollywood.
Con el nazismo en el poder, el desarrollo del cine alemán entra en un doloroso retroceso hasta resultar prácticamente aniquilado por la Segunda Guerra Mundial. Esta deja a Europa en la ruina y los Estados Unidos se aprovecharán de las industrias y mercados destruidos para lucrarse con la reconstrucción. Por supuesto, no hay motivo alguno para creer que todo fue luego opulencia y lujo para la clase obrera. La necesidad de los trabajadores fue aprovechada sometiéndolos a nuevos mecanismo de explotación y haciéndoles más ominoso el enfrentamiento con el desempleo. Surge en este contexto una era dorada de la ciencia ficción que florece en los filmes conocidos como "serie B": producciones de bajo presupuesto que se proyectaban al final de los programas dobles. Algunos títulos muestran un punto de vista bastante maduro e, incluso, crítico. Podemos destacar, entre otros: El día que la tierra se detuvo (The Day the Earth Stood Still, 1951) de Robert Wise; La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1953) de Byron Haskin; El planeta desconocido (Forbidden Planet, 1956) de Fred M. Wilcox; El hombre increíble (The Incredible Shrinking Man, 1957) de Jack Arnold y La máquina del tiempo (The Time Machine, 1960) de George Pal.
Cartel de La guerra de los mundos, 1953
El éxito comercial de estas producciones motivó a los grandes estudios a invertir en ese tipo de filmes que, a su vez, las emplearon como material de propaganda contra enemigos políticos como la URSS. La competencia espacial surgió como temática dentro del género y dio lugar a películas como Viaje al fin del universo (Ikarie XB 1, 1963) de Jindřich Polák; 2001: Odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) de Stanley Kubrick y Solaris (Солярис, 1972) de Andréi Tarkovski.
La ciencia ficción llega a Japón a principios del siglo XX dentro de un plan de "occidentalización" impuesto por Gran Bretaña y que sus élites aceptan gustosas. El capitalismo desarrollándose en medio de un feudalismo con una larga historia de arraigo, impulsará un amasijo cultural que pervivirá a lo largo del siglo XX y dará frutos luego de la Segunda Guerra Mundial. Sobre ese contexto socioeconómico nos dice Mick Brooks:
"Después de la Segunda Guerra Mundial el capitalismo japonés quedó en ruinas. Pero en pocos años se reconstruyó y en la década de los cincuenta crecía a una tasa anual del 10 por ciento, una velocidad que ninguna nación capitalista había conseguido hasta entonces. Este crecimiento era producto de la exportación, en general, se reconocía a Japón como un milagro económico. Los rivales murmuraban con amargura sobre 'el peligro amarillo', sentían que estaba emergiendo una gran nación capitalista." (Mick Brooks. "Japón: la década perdida y la burbuja económica")
Dicho avance inspira historias bastante fantasiosas, nutridas por el cine de serie B estadounidense y poco cercanas a la naturaleza del género en su sentido crítico o especulativo. Esto puede deberse a que a pesar de las exportaciones, la economía se movía más en un sentido nacionalista que trataba de recuperar sus raíces para explotarlas y ejercer control. Por eso se dan producciones bastante raras para el panorama internacional en las que se crean monstruos de toda clase. Aparecen directores muy relevantes como Ishiro Honda, que estuvo al frente del primer Godzilla: Gojira (ゴジラ, 1954). Empero, la inflación que resulta del ataque comercial norteamericano para recuperar el precio del dólar, que enfrenta las dificultades de la crisis mundial de los años setenta, impacta profundamente en el país nipón justo cuando parece que empezaba a alzar vuelo. La recesión, como suele ocurrir, afectaría sobre todo a las clase más desfavorecidas provocando un descontento social y una burbuja inmobiliaria que desata muchas protestas. Así, en la película Akira (アキラ, 1988) de Katsuhiro Ōtomo podemos encontrar reminiscencias de ese período, al igual que en la mayoría de anime de la época. Son historias que expresan a una nación en ruinas que, por su avance estructural, necesita continuar su depredadora explotación para levantar su economía, aunque esto genere monstruos insostenibles. Buena parte de las exportaciones japonesas venían del sector tecnológico. Los trabajadores de estas industrias eran sobreexplotados con la promesa que el sometimiento a ese régimen traería un futuro mejor, aunque si una muestra clara y efectiva de este.
El cine hollywoodense, caído en desgracia en términos estéticos tras la crisis de 2008, se ve obligado a adherirse a esas narrativas. Al basarse en una política de apostar sólo a inversiones seguras, recicla diversas narrativas sin prestar atención a las raíces que las sustentan. Aquella crisis no sólo se mantiene sino que le ha estallado otra encima desde el año pasado. Este momento histórico no parece comparable con ninguna crisis anterior. La podredumbre estructural del sistema capitalista se expresa en su cultura y, claro está, en sus narraciones. No hay ningún motivo para adherirse a ellas. Más bien, parece que el momento histórico plantea nuevos retos a los contadores de historias. Preguntamos entonces a nuestros lectores: ¿qué historias piden estos tiempos?
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