EL NARRADOR. TERCERA PARTE: LOS MUNDOS INTERIORES Y LA PRIMERA PERSONA

Por: Diego Beltrán


"Sería ridículo, absurdo e incluso estúpido hasta más no poder, pretender que el arte permanecerá indiferente a las convulsiones de nuestra época. Son los hombres los que preparan los acontecimientos, son los hombres los que los realizan, y los acontecimientos a su vez actúan sobre los hombres y los cambian. El arte refleja, de forma directa o indirecta, la vida de los hombres que realizan o viven los acontecimientos. Y esto es válido para todas las artes, desde la más monumental a la que se centra en lo más íntimo. Si la naturaleza, el amor o la amistad no estuvieran ligadas al espíritu social de una época, la poesía lírica habría dejado de existir hace mucho tiempo. Un profundo viraje histórico, es decir, un reordenamiento de las clases en la sociedad, rompe la individualidad, coloca la percepción de los temas fundamentales de la poesía bajo un nuevo enfoque y salva así al arte de una repetición eterna."

Literatura y Revolución. León Trotsky


Hablar de mundos interiores en un momento como el actual pareciera una necedad, sobre todo cuando los tiempos modernos nos han forzado hasta los límites de la enajenación, la mezquindad y el abandono del ser mismo; cuando se nos ha sometido a un encierro por meses en viviendas pequeñas o se nos somete a la ignorancia y la necesidad poniendo como prioridad nuestra supervivencia por encima del cuidado colectivo. La expresión del individuo fundada en el "yo" está bastante explotada. Es, tal vez, una de las figuras más usadas dentro del arte de contar historias, representante por antonomasia del punto de vista subjetivo. Por eso, intentar comprender esta noción podría ayudarnos a darle nuevos atributos o asimilar los que ya tiene y ha formado a través del caudal de la historia.

El recorrido por nuestro mundo interior nos ha costado. El asumirnos como seres individuales, capaces de ser independientes y ajenos a nuestros amos, terratenientes, jefes, pueblos o naciones, no ha sido un camino sencillo. Muchos, incluso, tenemos ese camino ganado a medias y luchamos por alcanzarlo a plenitud.

Steve Evans. Narradora etiope, 2009


Ya desde las primeras obras griegas podemos ver el uso de la primera persona, aunque de manera rudimentaria, como forma primera de reconocimiento del individuo dentro del contexto narrativo. Incluso, el héroe como personaje, es una aproximación al individuo y, sus facetas internas, colmadas de contradicciones cada vez más pronunciadas y exageradas. Propias, entre otras cosas, del aristócrata y el esclavista. Ese concepto, por supuesto, madurará a la par que el mundo avanza, acoplándose a los momentos de progreso y retroceso de las sociedades humanas. Serían las transformaciones sociales del siglo XVIII las que finalmente nos llevarían al capitalismo: el paso de lo exterior a lo íntimo. Se comienza a forjar desde lo racional una multiplicidad de voces internas. Así, aparecen seres torturados, atormentados, solos, enajenados, egocéntricos, románticos y heroicos que llenan páginas y ocupan escenarios levantándose sobre las ideas de lo común.

Edgar Allan Poe, 1849

Y es que la introspección es inmediatez. Un narrador que nos habla desde su voz interior lo hace desde el aquí y el ahora. Esta forma se adapta perfectamente a un mundo basado en el individualismo y en constante convulsión. El enfrentamiento entre las necesidades y los intereses individuales, así como la rápida desmitificación del gran hombre como actor principal de la historia generará narraciones con personajes cada vez más perdidos dentro de sus mundos internos, entregados al remolino de lo inmediato, inmersos en una desazón de escepticismo y miseria ideológica. Igualmente afectados se verán los otros tipos de narrador, adoptando formas más personalistas.

Al respecto, escribe María del Carmen Bobes:

"El personaje dramático, que tiene como marco de referencia pragmática las ideas y conocimientos sobre la persona humana, sufre el cambio profundo que ha experimentado el concepto de persona en el presente siglo: la sicología conductista, el existencialismo, el sicoanálisis han ido desmantelando la pretendida «unidad» de la persona que sirvió de esquema a los sujetos realistas. Los conflictos entre las diferentes capas de la psique, la tensión entre el consciente y el inconsciente, la discordancia entre la conducta externa y los motivos internos de la libido, la posibilidad de conocer a otros e incluso de conocerse a sí mismo, son los temas que con frecuencia dramatiza el teatro actual." "El Yo ha dejado de ser una entidad segura y estable y se siente más bien como un continuo fluir que se detiene sólo artificialmente cuando otros fijan una imagen concreta por su visión en un momento determinado." (María del Carmen Bobes. Semiología de la obra dramática. Madrid: Taurus, 1987.)

El rinoceronte, de Ionesco. Acto I. Jean (William Sabatier) y Bérenger (Jean Louis Barrault). Teatro del Odeón. Enero de 1960.


Hoy la estructura formal de este tipo de narrador es mucho más clara. La primera persona tiene un basto ramillete de posibilidades en su interior, florecido de esa experiencia recorrida. Por ejemplo: ¿Quién cuenta: un personaje principal, uno secundario, o varios personajes? ¿A quién se lo cuenta: al lector, a otro personaje, a sí mismo? ¿Se cuenta desde el presente o desde el pasado? ¿Desde un espacio interno o externo?

Si el personaje conoce sobre lo que cuenta va a ser más claro para el lector. La primera persona intensifica la narración y contribuye a su impacto emocional. Un narrador observador puede llegar a ser mucho más eficiente para enfrentar una narración, con su voz puede describirnos al héroe sin la necesidad de contarse a sí mismo. Si no le conocemos eso no tiene por qué afectar profundamente la obra. La autoridad de un único punto de vista en primera persona es endeble pero puede ganar fuerza con miradas adicionales, también en primera persona. Con esto gana la verosimilitud de la historia y se abre el abanico de observación, pasando de una subjetividad a otra. Puede contarse en primera persona recordando y mirando hacia atrás en la historia pero eso despoja de velocidad a la obra al restarle inmediatez. La primera persona que se expresa desde un monólogo, o desde su interior, no conoce su futuro y, por lo mismo, tienta al destino e impulsa el drama.

Aunque la estructura formal está cada vez más entendida y esquematizada, usándose en muchas circunstancias con relativo éxito, la ausencia de un punto de vista sólido y cultivado genera muchas historias faltas de organicidad. Es como si en muchas circunstancias esos atributos dados durante los momentos más prósperos de nuestro sistema actual se hubiesen vuelto viejos y trasnochados. El uso de estas herramientas, por ende, se mecaniza.

La crisis sanitaria y económica que vivimos nos afecta en general pero no nos trata igual a todos. Se han puesto al descubierto los privilegios de unos pocos y las miserias de una inmensa mayoría incapaz de hacer frente a la tragedia. Es evidente que la fuerza no proviene de las acciones individuales o inmediatas sino que resulta de la labor colectiva y planeada. Esa concepción de identidad transmuta, convirtiendo el yo en un nosotros.

Página de título de la primera edición de Madame Bovary


Todo es un proceso dialéctico complejo que suma en dirección a un ciclo nuevo y que se determina por la acción y la práctica. Así, asumirnos como parte de un ente colectivo, víctimas de una misma tragedia, no necesariamente nos une para una victoria o una eventual transformación del sistema. Ese camino, tortuoso y lleno de aprendizajes, debemos construirlo nosotros, a partir de la lucha y del uso de herramientas teóricas aptas para transformar la realidad.

El narrador en primera persona no debe desaparecer. Al contrario. Como instrumento narrativo es tan útil como cualquier otro. Puede ser que lo que hace falta es cambiar su sentido, adaptarlo al momento que vivimos y ponerlo en perspectiva de nuestra realidad y clase. 

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