LAS TRAQUINIAS: LAS BUENAS INTENCIONES LLEVAN A LA DESGRACIA
Por Jonathan Fortich
Heracles (o Hércules para los romanos) es quizá el héroe griego más conocido y, posiblemente, el personaje más popular de la literatura clásica. Empero, su historia parece que fue un material difícil para los poetas trágicos. Es probable que Aristias, hijo de Prátinas, haya compuesto un drama satírico relatando una de las luchas del héroe. Asimismo, creemos que Esquilo le compuso una trilogía. Nos sobrevive la obra de Eurípides titulada con su nombre que, a pesar de los riesgos, no llega a un resultado tan bien logrado como en otros títulos. Es, sin embargo, de sus tragedias, la que más se acerca a las formas de Sófocles. A Heracles lo encontramos también en Alcestis, como un huésped agradecido que devuelve la armonía al hogar que lo acoge. Pero hablamos, otra vez, de un riesgo con resultados no del todo satisfactorios. En ese caso, en el que se reemplazó el drama satírico que iba tradicionalmente al final del espectáculo por una tragedia con un final sin muertes, Heracles parece cumplir una labor tan funcional que no termina de dibujarse con claridad.
Glicón de Atenas/Lisipo. Hercules Farnese. Copia romana
Nos queda Sófocles, que ubica a Heracles en Las traquinias, cuya forma de díptico nos remite a Áyax. En ambos casos, el protagonista, sometido a los designios de una deidad, se suicida en el tercer episodio pero, mientras que en Áyax quien avanza la acción es el héroe sometido a la vergüenza por un rapto de locura, en Las traquinias el impulso surge de la esposa afectada por la ausencia del héroe.
Para nuestros tiempos, Heracles, hijo de Alcmena, parece un personaje óptimo. Su nombre ha pasado a la historia como sinónimo de fuerza, cada uno de sus trabajos es una auténtica historia de acción y aventuras; además, alimentada por la motivación de buscar expiar la culpa de un hecho terrible. Éste resulta de los celos de Hera, la esposa oficial de Zeus, su padre, que es el jefe de todos los dioses. A Heracles siempre lo encontramos ocupado en diversas tareas pero no para su propia gloria si no al servicio de alguien más. Se entiende por qué ha inspirado decenas de películas, series de televisión y videojuegos. Parece el héroe perfecto para estos tiempos. Sin embargo, no alcanza las cotas estéticas de Medea o Edipo. ¿Es que su fuerza es demasiada para la poesía?
Evelyn de Morgan. Deianira, c. 1878
Como decíamos, en Las traquinias Sófocles no le da el protagonismo a Heracles sino a Deyanira, su esposa, e hija del rey Eneo. Ella, al igual que Penélope, sufre la ausencia del marido al lado de un hijo que ha tenido poco contacto con su padre. Pero para Heracles, a diferencia de Odiseo, el fin de los trabajos y fatigas no implica recuperar hacienda alguna sino simplemente el descanso: el fin de todos sus trabajos y fatigas. Por otra parte, mientras que Penélope parece estar convencida de lo que Odiseo siente por ella, Deyanira duda. Tiene motivos: Licas ha llevado a casa a Yole, la amante de Heracles, mientras que, hasta donde sabemos, Odiseo nunca le habla a su esposa de sus noches con Calipso, por ejemplo. Pero es que Odiseo "siempre fue ducho en ardides", es un mentiroso de primera y Heracles parece un tipo honesto y de una inocencia casi ciega. Su deseo por Yole, de hecho, es inspirado por Afrodita. Además, mientras que el Laertíada cuenta siempre con la protección de Atenea, Heracles no tiene a su favor a nadie, ni siquiera a su padre Zeus. Y así de viejo es esto de que un auténtico mentiroso tenga más aceptación y mejor suerte que aquel que honestamente se equivoca.
Deyanira inicia la acción de Las traquinias contándonos que sabe que su destino es infortunado y triste, y nos recuerda que su padre quería casarla con el río Aqueloo. Heracles combatió al río y Deyanira resultó liberada pero ahora viven desterrados en Traquinia. A su lado está su Nodriza quien le recomienda enviar a su hijo Hilo a ir en busca de Heracles. Pero Hilo, a diferencia de Telémaco que parece que no se entera de nada, sí tiene noticias de su padre. Esta Nodriza, es muy lejana de la "alcahueta" de Hipólito; mientras que aquella impulsa a Fedra a dejarse llevar por su deseo, esta busca que su señora entre en razón. Pero esta introducción de la Nodriza funciona, sobre todo, para anunciar y dar sentido a su intervención en la segunda parte de la obra. Hace parte del proceso de hacer de este texto un auténtico díptico y no el resultado simple de pegar dos historias. En términos estéticos, ambas se unen al responder a un mismo destino.
Aunque no llega a los niveles de precisión de Edipo Rey, aquí encontramos también un juego de simetrías y paradojas que resultan de oráculos como recurso para mover la acción. Esto hace del ser humano un juguete de fuerzas superiores a él que, sin embargo, pretende actuar de acuerdo a lo que cree que es su voluntad. Y si pasa esto con los héroes, ¿qué podemos esperar los mortales comunes y corrientes?
Antonio del Pollaiolo. Hércules y Deyanira, c. 1480
Deyanira le cuenta a su hijo que si su padre resulta victorioso en su próxima tarea puede alcanzar el final de su vida o llevar una existencia feliz. Así como la tragedia es un díptico, el primer oráculo en mover la acción es una doble capa que, por supuesto, lleva implícita una paradoja. Más conscientes y despiertos que Penélope y Telémaco, madre e hijo, sin ayuda de ningún dios sino con el consejo de una esclava, deciden actuar por el bien del héroe. Su salida de escena es el anuncio del párodo; es decir, la entrada del coro a la orquestra que, aquí, está compuesto por mujeres traquinias. Llegan a traerle esperanza a Deyanira. Ésta, tras hablarles, recibe a un mensajero que le informa que su marido ha resultado victorioso. El Coro celebra y Licas, heraldo de Heracles, llega con unas prisioneras entre las que se encuentra Yole.
La situación del hombre que pretende vivir con su mujer y su amante ya la habíamos visto con Agamenón en Orestíada. El poderoso Atrida vuelve de Troya acompañado de Casandra con la idea de que ella y su esposa Clitemnestra convivan bajo el mismo techo. Heracles, en cambio, envía a la amante a la casa de la esposa con su sirviente. Mientras aquel vuelve triunfante, este aún tiene tareas que cumplir pero, por otra parte, mientras aquel ha sido traicionado, al hijo de Alcmena le esperan con las mejores intenciones. Sin embargo, el resultado en ambos casos es el mismo: un crimen. Por supuesto, en cada caso la noticia del crimen implica que se llevará a cabo una venganza; es decir, se pagará una vida con otra. La trama de objetivos, decisiones y motivaciones de cada personaje, en ambos casos, está elaborada de tal forma que impiden al espectador (o lector) asumir una posición categórica; la única opción que tenemos es seguir la historia hasta el final, hasta llegar a experimentar la tan mencionada catarsis. Para entonces, ya nos es imposible juzgar al ser presas de la compasión y el terror.
William Hamilton. El secuestro de Deyanira, c. 1780
Es con las mejores intenciones, entonces, que Deyanira adelanta su plan. A diferencia de Clitemnestra no la mueve un deseo de matar. Es una persona que quiere volver a saberse deseada por su pareja. El crimen resulta de su ceguera ingenua, muy similar a la de Heracles; al fin y al cabo, hechos el uno para el otro. No es la ceguera de Edipo que nace de la soberbia sino la que surge de confiar en engaños y en la bondad de nuestras intenciones. Tienen, sin embargo, algo en común y es que tras su ceguera está el miedo que, a su vez, parece ser la realidad de aquellos que ponen el impulso de su deseo por encima de la razón. Pero si a Edipo lo obnubila la soberbia, a Deyanira la caracteriza el sufrimiento y la pena. Está convencida de su amargo destino y vive en permanente angustia. Un presente que contrasta con el pasado de una juventud vivida en los placeres del privilegio, y ya hemos visto que hay una tradición en esto.
Mientras en Edipo Rey asistimos a una historia "policíaca" en la que el detective descubre que es el asesino, aquí vemos a la enamorada convertirse en matadora de su amado. Lo que Deyanira cree un filtro de amor es un veneno muy poderoso e inocentemente lo aplica a una prenda que envía como obsequio. La comparación con Medea resulta inevitable. En ambos casos, las princesas sufren y se sienten traicionadas por sus esposos pero mientras la bruja busca la muerte de la futura esposa de Jasón, Deyanira quiere volver a despertar en su esposo el deseo por ella. El crimen de Medea presagia uno peor: el asesinato de sus hijos, y sólo con esto se colma su deseo de venganza, el de Deyanira la lleva al suicidio buscando hacer justicia de su error y, al igual que en Áyax, soluciona muy poco y trae nuevos dolores. Lo que queda al final es una familia de hijos huérfanos en cabeza de Hilo.
Hans Sebald Beham. Hércules en su pira fúnebre, 1546
La antigua sociedad ateniense llegó a organizarse de tal forma que una capa de ella pudo desentenderse de todo trabajo y llevar, si querían, una vida similar a la de sus dioses. Esto permitió el desarrollo de la ciencia, el arte y la filosofía, pero estas tareas fueron adelantadas por una minoría. En cambio, varios creyeron encontrar que el mejor ejercicio de esa libertad que daba un estado esclavista era dar rienda suelta al deseo. Hasta el día de hoy, parece ser lo propio de quien está en el poder, mientras, a los comunes y corrientes nos parece en muchas ocasiones que la pregunta que lleva al fondo de todo conflicto humano es un "¿qué quieres?", siendo que esto de "querer" o "desear" es siempre una ilusión: un vano intento por atribuirle a nuestro ego lo que es obra de la necesidad.
Antes de que lo analizase Platón, ya la tragedia nos había hecho sentir lo insignificante de nuestros deseos. ¿Qué importancia podían tener ante la acción divina? Hoy entendemos que eso que los griegos llamaban deidades eran distintas fuerzas y fenómenos naturales que aún no podían ser explicados; por ello, sólo se les podía enfrentar a través del sacrificio o la súplica. El resultado era tan engañoso como el deseo mismo. El desarrollo de la razón nos ha llevado a prescindir de los dioses y, en ese sentido, es la auténtica defensa contra todo engaño. Por eso, es la mejor herramienta con la que contamos para evitar las desgracias de nuestras mejores intenciones.
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