“DON’T LOOK UP” EL PESIMISMO DE UNA CLASE EN DECADENCIA

 Por: Diego Beltrán. 

@DiDiBeltran

@MusaParadisiaca3

“Don’t look up”, una de las preferidas para esta temporada de premios, es una película de ciencia ficción, en tono de comedia, que pretende parodiar lo que sucede en la actualidad con relación a la pandemia trasladándolo a un escenario apocalíptico donde un gran meteorito se dirige hacia la tierra en colisión inminente y la única esperanza de salvación es su destrucción antes de que devaste la tierra. No obstante, dicha responsabilidad le corresponderá a una sociedad enajenada, manejada por gobernantes corruptos y hombres ricos que con su ambición darán paso a la catástrofe mundial al perseguir como único objetivo el lucro por encima del bienestar general.


Adam McKay quien es el director, productor y uno de los guionistas, expone con cierto tino el momento actual a través de esta sátira, despertando el interés del público hasta el punto de posicionar el título como el número uno en la plataforma de Netflix Colombia. Sin embargo, sería erróneo tildarlo como revolucionario o anticapitalista. Más bien exhibe una mirada pesimista frente al sistema y sus lógicas inhumanas que nos han empujado al desastre.

Vivimos tiempos oscuros, es innegable, por eso cualquier contradictor a esta realidad estaría bien señalado de loco. ¡Ésta es la peor crisis en 300 años!, pero no basta con exponer esa crudeza, y con cinismo bajar los brazos dando como única opción y destino para nuestro mundo la destrucción. Menos cuando ese fin es una posibilidad latente. Necesitamos ir más allá y dar una solución, proponer opciones. Es ahí donde la película se queda corta, seguramente con intención, pues un mensaje de rendición y resignación le conviene mucho al statu- quo.

En primer lugar es necesario aceptar, sin reservas, la imposibilidad del capitalismo de solucionar los problemas que él mismo ha generado. La pandemia o un posible meteorito son elementos involuntarios sin responsables directos a los cuales señalar, pero el manejo que se les dé a esos escenarios depende de quienes dirigen las dinámicas del sistema, es decir: a la clase dominante.

Nuestras élites y sus gobiernos han demostrado con suficiente evidencia su ineptitud a este respecto. Desde el inicio de la pandemia se negaron a tomar las decisiones correctas para frenar la expansión del COVID y nos expusieron a todos y todas solo para poder mantener su margen de ganancias. Cuando fue inevitable negar su error tuvieron que tomar medidas extremas que afectaron la economía mundial y empeoraron la crisis. Su actitud indiferente sembró el ambiente de desconfianza a la ciencia que enfrentamos hoy y el mal manejo con la vacuna terminó de cimentar esa paranoia, además de dar espacio a la creación de nuevas variantes. Como clase dominante han caído en un pozo de decadencia del que no quieren salir, pues ahí están muy cómodos. Los grandes intelectuales de antaño desaparecieron para siempre, ahora su futuro es el crimen y la opulencia. Además, una sociedad mal informada, con índices altos de deserción escolar, acostumbrada al fanatismo cae fácilmente en todo lo que esa clase le muestre como correcto.


Después de comprender lo anterior no es muy difícil darse cuenta de la necesidad de tirar a la caneca de la historia el capitalismo con todos sus vicios. Plantearse, aunque sea como una pequeña opción la reforma de dicho sistema es querer vivir una mentira llena de martirios. Seguramente esa conclusión no sea la más alentadora para quienes más se benefician del capital: clases altas y medias, pero eso no la hace menos cierta. Por supuesto que un gigante monstruoso no se destruirá a sí mismo, éste hará lo posible por mantenerse en pie y pelear por sobrevivir, es ahí donde se le debe atacar, ayudarlo a morir. Como al meteorito de la película, si no hacemos algo al respecto va a terminar aplastándonos.

Pero no va a ser un grupo de buenas personas con las mejores intenciones, ni el Estado “rehabilitado” lo que nos salvará, debemos ser nosotros mismos, las mayorías marginadas, quienes tomemos la iniciativa. Y vamos por buen camino. En los últimos cuatro años hemos presenciado el resurgir de experiencias de lucha que han hecho frente a sus gobiernos para exigirles efectividad. La espontaneidad y la ausencia de un liderazgo nacido de las bases, impidieron el triunfo de las revueltas. Pero dentro ha quedado la necesidad de avanzar hacia el siguiente nivel, ese donde las masas pueden poner en jaque al poder establecido y comenzar a tomar en sus manos las riendas de nuestro futuro. La revolución.

Esa revolución debe sentar las bases de un programa radical y socialista, debe plantear soluciones certeras basadas en nuestra realidad y usando las herramientas que nos da la ciencia. Para lograr tal proeza es necesario organizarse y comenzar a discutir nuestro contexto, planteando propuestas y programas que después se pueden compartir y discutir con más gente. 

Paro Nacional 2021

La tragedia es una posibilidad y las probabilidades crecen cuando no hay nadie al mando, pero es momento de darle la vuelta a eso. Debemos escribir nuestra propia historia, debemos arrebatar la tinta al pesimismo y con esfuerzo construir un mejor futuro. No será pronto, ni fácil. Como las buenas historias costará mucho trabajo, pero es necesario. Ya vimos la peor cara de nuestro sistema, sabemos que empeorará y tenemos claro, tanto como quienes confían en él, que está agonizando. No podemos hundirnos con él. Creer que las masas se quedarán de brazos cruzados en un evento catastrófico es una idea típica de la pequeño burguesía que se resigna con migajas, pero la clase trabajadora, que día a día nos permite seguir, a pesar de una crisis sin precedentes, es la misma que nos salvará. Destruyamos el meteorito y con él las historias mediocres.



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